Juan González, una vida en África
ENTREVISTAMOS A...
Un hombre extraordinariamente rico, no por lo que tiene, sino porque lo ha dado todo. Su vida ha estado consagrada a los más desfavorecidos en Etiopía.
El embalse de Chandrexa anegó el pueblo en el que nació. De niño se trasladó con su familia a O Burgo, en Castro Caldelas y a los diez años fue al seminario menor de Ourense para hacerse cura, un camino que ya habían recorrido dos de sus once hermanos. Juan González Núñez (Chandrexa de Queixa, 1944) sintió desde muy joven la llamada de las misiones y se ordenó sacerdote de la congregación comboniana. En 1976 vio su sueño cumplido y fue destinado a Etiopía, donde ha desarrollado buena parte de su actividad pastoral, salvo un período de 15 años en el que fue provincial en España y consejero general de su congregación. Fundó y fue rector del seminario mayor en Addis Abeba, la capital de Etiopía vivió con los gumuz y fue administrador apostólico de Hawassa, la diócesis más grande de aquel país. Dirigió la revista Mundo Negro, ha escrito numerosos artículos sobre la realidad de Etiopía, los pueblos con los que ha convivido y media docena de libros.
Pregunta. ¿Fue usted al seminario por vocación o, como muchos niños de entonces, para estudiar?
Respuesta. Yo quería ser cura. Tenía esa idea desde siempre.
P. ¿Y misionero?
R. En el seminario teníamos la idea de que el misionero era un grado superior de entrega. En aquel momento significaba romper con mucho, porque los misioneros volvían a España cada cinco años y eso entonces, pero poco antes no venían hasta pasados diez años. Yo sentía esa inclinación y por el seminario venían misioneros de distintas congregaciones estrictamente misioneras. Uno de ellos fue un comboniano, que era un hombre mayor y pausado, había escrito un libro sobre la vocación misionera que compré y durante su lectura me fui convenciendo de que Dios me llamaba por allí. En 1964, todavía con 19 años, en segundo de Teología, pasé a los combonianos de Valencia hasta que me ordené sacerdote y luego estuve como formador cinco años en Valencia y Granada.
P. ¿Cómo fue el salto a la misión?
R. Diez años después en 1974, el provincial de la congregación me propone ir a Etiopía. Pero, claro, antes tenía que aprender inglés y estuve un tiempo en Inglaterra aprendiéndolo. Llegué, por fin a Etiopía, en enero de 1976, y allí tienes que enfrentarte a la lengua nacional que es el amárico, una lengua semita emparentada con el árabe y el hebreo, muy difícil, muy estructurada con una gramática muy compleja.
P. Llegó usted en plena revolución.
R. Cierto. Todos los días oíamos que iban a acabar con la religión, con todo. Al comienzo fue una revolución muy salvaje, con eslóganes marxistas muy radicales y medidas muy radicales, también, con purgas dentro de la misma revolución. Por suerte para la Iglesia, tuvieron muchos problemas internos de los que ocuparse y nunca llevaron a cabo las medidas que propugnaban, entre las que estaba nacionalizar todas las escuelas. Nosotros, en cada misión teníamos una escuela y un dispensario y colaborábamos mucho en el campo social, especialmente las misiones católicas, con importantes ayudas recibidas de la Iglesia, sobre todo en las épocas de sequía por lo que terminaron respetándonos y podemos decir que tuvimos más libertad durante el régimen marxista que con el emperador, no por él que simpatizaba con los católicos, pero por su estructura en la que había mucha corrupción.
P. ¿Cuál fue su primera experiencia?
R. Mi primera misión fue en un vicariato del sur con el pueblo sidamo. Estuve cinco años con ellos, es la principal tribu de la diócesis de Awassa. Después me llevaron al seminario diocesano menor de Addis Abeba. Teóricamente iba a estar allí un año y después me volvería a la misión.
P. Sospecho que no fue así.
R. Un día. Me llama a la catedral el obispo de Addis Abeba y empieza a hablarme de forma críptica, diciendo que tenía un local que podría ser para los seminaristas y quisiera que tú empezases el seminario mayor, porque no había ningún seminario mayor en todas las diócesis de Etiopía. Estuve seis años al frente del seminario mayor, empezando de cero, con cuatro seminaristas y terminé con treinta y tres, que venían de otras diócesis también. Pero, eso sí. Las diócesis del norte, incluyendo Addis Abeba eran de rito oriental, mientras que las del sur eran de rito latino. Así que las misas eran de rito oriental, menos una a la semana que hacíamos de rito latino. Esta fue mi segunda etapa.
P. ¿Y después?
R. Me llamaron para España, para hacerme director de la revista Mundo Negro. Yo no tenía experiencia como periodista, pero me eligieron porque había escrito un libro que tuvo mucho éxito, “Etiopía, treinta y ocho días en el corazón del hambre”, fruto de mi experiencia durante la hambruna del año 1984 con los seminaristas en un campo de refugiados y allí escribí un diario. Después de dirigir Mundo Negro me hicieron provincial de los combonianos en España y luego fui a Roma al consejo general, con lo que estuve quince años en Europa. Yo estaba deseando volver a Etiopía.
P. ¿Y lo hizo?
R. En 2004 volví a Etiopía. Estuve un año de formador en Addis Abeba y en 2005 me fui con los gumuz. El provincial no quería que fuese. Era una tarea muy dura y yo ya tenía sesenta años. Dura no solo porque era una labor de evangelización, ya que no había ningún católico allí, en un clima muy duro. Viven en un territorio muy bajo y por tanto muy cálido con un pueblo muy pobre y marginado que fue cantera de esclavos hasta que vinieron los italianos en 1935, por lo que son muy hoscos y desconfiados. Allí estuve diez años. Luego estuve cinco años en Addis Abeba como formador. Y a los setenta y cinco años volví otra vez con los gumuz.
P. Allí le pilló la pandemia
R. Sí. Nosotros salíamos todas las tardes a hacer el catecumenado e íbamos a los poblados a dar la catequesis cuando vuelven de los campos, al anochecer porque es el único momento que los encuentras. Cuando llegó la pandemia nos obligaron al confinamiento y en ese tiempo fue cuando escribí “Oh Dios, ¿estás ahí?” el único libro religioso que he publicado hasta ahora y envié el manuscrito el día antes a tomar posesión como administrador apostólico de Awasa, la diócesis más grande de Etiopía, donde están un tercio de los católicos del país. Iba a estar unos meses, porque mi nombramiento era una solución provisional, que se convirtieron en más de cuatro años, hasta febrero pasado, que volví a España.
P. Usted quería ser misionero. Sesenta años después de haber tomado esa opción, si mira hacia atrás, ¿Era esto lo que usted quería hacer?
R. Sin duda alguna. Lo viví plenamente durante los diez años que estuve con los gumuz. Algunas cosas me costaron más, como lo de estar al frente del seminario o ser administrador apostólico de Awasa. Acepté porque también son servicios a Dios y a la iglesia.
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