Rubén Fernández Cuadro: “Mi hija está orgullosa de la aldea y presume de su naturaleza”
RURAL
Vive en Ermua, pero reformó la casa familiar en A Trabe (Vilardevós) y apuesta por el rural
Con solo 15 años, el padre de Rubén Fernández emigró a Zúrich a trabajar como tantos gallegos. El servicio militar le obligó a regresar a nuestro país y, tras cumplirlo, se trasladó a Ermua, donde uno de sus hermanos regentaba un bar. Allí trabajó en la distribución de bebidas, y conoció a su esposa, de origen gaditano. Su hijo Rubén ya nació en la localidad vizcaína, donde sigue residiendo y trabajando, al igual que muchos descendientes de gallegos. Pese a ello, mantiene latente la conexión con Ourense, y viaja a menudo a A Trabe, en Vilardevós, la aldea en la que, tras la muerte de sus abuelos, decidió convertir el hogar familiar en la primera casa de turismo rural del concello, “Esperanza de A Trabe”.
Pregunta. ¿Con qué frecuencia visitaba Galicia desde pequeño?
Respuesta. Desde que nací pasaba todos los veranos en la casa de mis abuelos paternos, en la aldea de A Trabe. No íbamos a Cádiz, de donde eran mis otros abuelos, porque ellos ya residían en el País Vasco. Recuerdo esos meses llenos de libertad y alegría, rodeado de amigos que, como yo, venían de fuera, de Barcelona o de Bilbao. Pero al fallecer mis abuelos se me quitaron las ganas de venir. Desde 2010 estuvieron viviendo en una residencia, primero murió mi abuelo en 2011 y, justo antes de la covid, en diciembre de 2019, falleció mi abuela. Durante esos nueve años no íbamos por A Trabe, únicamente veníamos a ver a los abuelos, que era lo más importante en ese momento.
P. ¿Cuándo decidió reformar la casa y apostar por el turismo rural?
R. Fue durante la pandemia, un periodo en el que pasamos un tiempo encerrados en 80 metros cuadrados en Ermua y durante el que además me divorcié. En ese momento sentí mucho agobio y la necesidad de buscar la libertad, la ilusión de tener una vida nueva, y volví a echar la vista atrás, al pueblo. Me puse a pensar en la persona más feliz que había conocido, y esa era sin duda mi abuela paterna, Esperanza. Ellos eran felices en una aldea, y yo también lo soy. Vi cómo la naturaleza se estaba “comiendo” la casa y mis recuerdos de ella, y me invadió una sensación de tristeza que quise evitar.
P. ¿Cómo fue todo el proceso y qué balance hace de este año?
R. Me llevó cuatro años, con la dificultad de no estar en Vilardevós. Hubo que poner de acuerdo a muchos herederos para adquirir los terrenos adyacentes y construir el cierre, así como desbrozarlo todo y la reforma en sí de la casa. Es una decisión de la que no me arrepiento, si la cosa no funciona íbamos a disfrutar de la casa igualmente. Es un lujo poder estar en A Trabe con familia y amigos, como ya hemos hecho varias veces. Mi hija Maddi está orgullosa de la aldea y presume de ella, de la naturaleza, de su cielo y de las vistas, y estoy creando nuevos recuerdos aquí con ella. Estamos recuperando la conexión con el medio, el orgullo de ser del rural. Y la gestión turística ha sido un aprendizaje constante. La primera reserva entró el 25 de julio del año pasado, y desde entonces se han alojado personas de México, Ucrania, Suiza o Brasil, si bien la mayoría son portugueses y gallegos.
P. ¿Tiene algún otro proyecto en el rural para el futuro?
R. He sembrado la ilusión en empresarios de Vilardevós que también emigraron en su día, y les he hecho ver que esto tiene un gran potencial turístico, por lo que estamos trabajando en un proyecto más grande.
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