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Venezuela, Eldorado que se vino abajo

Un país rico que fue la envidia de todos en América Latina se descompone ahora sin remedio, mientras miles de personas se marchan cada día, al no encontrar salida bajo el régimen autoritario de Maduro.

Una familia venezolana llega a la localidad brasileña de Boa Vista.
Una familia venezolana llega a la localidad brasileña de Boa Vista.
Venezuela, Eldorado que se vino abajo

Venezuela fue durante muchos años un país próspero y moderno, que atrajo a miles de españoles –gallegos y canarios, en su mayoría– que hicieron allí fortuna. Democrático y liberado de la dictadura, desde mucho antes que España –con casi 20 años de diferencia–, el país caribeño progresó de la mano de dos grandes partidos que se fueron turnando en el poder: Acción Democrática, socialdemócrata, y COPEI, democristiano. Su condición de país con las mayores reservas de petróleo favoreció ese progreso, también acompañado de importantes inversiones en educación, infraestructuras y construcción, proceso que hizo posible el desarrollo de grandes ciudades como Caracas o Maracaibo –de tamaño similar a Madrid– pero también de hasta otras seis urbes con más de un millón de habitantes, entre ellas Valencia y Barquisimeto. La Venezuela de los años 60 y 70 fue una especie de Eldorado donde emergió la clase media no solo a base de dinero sino también de educación. Venezuela era entonces un referente de América Latina en el mundo, el país de los rascacielos, grandes autopistas y avenidas y una política petrolífera que puso en manos públicas gran parte del sector, con PDVSA como gran referencia desde 1976.

Los 80 mantuvieron la bonanza, no sin dificultades –el caracazo fue en 1989–, y empezó tomar arraigo la corrupción política y económica, que en los 90 se hizo insostenible y trajo consigo cambios políticos radicales, especialmente relevantes tras la llegada al poder de Hugo Chávez, que gobernó desde 1999 hasta su fallecimiento en 2013. Chávez, un militar de sesgo populista, puso fin al bipartidismo pero mantuvo el país a flote desde el punto de vista económico, si bien en la etapa final de su mandato ya se vio el fracaso de su modelo, basado en una economía subvencionada, sujeta a la evolución del precio del petróleo, poco diversificada y desincentivadora para las clases más pudientes y muchos profesionales, que empezaron a irse del país. La muerte de Chávez dio paso a Nicolás Maduro, que siguió haciendo la misma política económica sin recursos suficientes, hasta terminar por hundir el país en la hiperinflación, la falta de suministros –alimentos y medicinas incluidas–, los cortes de luz y de otros servicios básicos y un largo etcétera de precariedades jamás vistas en Venezuela.

Las recientes protestas de la oposición, de corte burgués, se saldaron con centenares de muertos y miles de heridos, así como con una represión política impropia de una democracia. Venezuela, acusada de convertirse en una dictadura, con elecciones trucadas, se parece ahora bastante a un estado fallido del que huyen miles de personas.

La economía subvencionada de la que son beneficiarios aquellos que no tienen nada mantiene al régimen en pie, basado en el apoyo de los militares y la tolerancia de las mafias locales, muchas de ellas armadas. Intelectuales y profesionales que en algún momento respetaron al chavismo –de Chávez– se fueron desencantando con Maduro, hasta terminar al margen o exiliados.

El decadente régimen de Maduro controla el país gracias a que maneja las cúpulas militares y policiales, así como el aparato judicial, pero ya no tiene excusas. Es en este contexto en el que se sitúa la intervención de Banesco, el primer banco del país, de capital privado. Maduro necesita echarle la culpa a alguien más que a Donald Trump.