CON LOS PROTAGONISTAS DE LA HISTORIA

Cuando la agencia Efe decidió hablar árabe

El desacuerdo saltó cuando varios países árabes plantearon que la información debía respetar los intereses sagrados de las instituciones 

El rey don Juan Carlos, con los asistentes al acto de inauguración del servicio en árabe de la agencia Efe.
El rey don Juan Carlos, con los asistentes al acto de inauguración del servicio en árabe de la agencia Efe.
Cuando la agencia Efe decidió hablar árabe

Cuando el presidente de AP, Assotiated Press, el mítico Lou Bacardi me recibió en su despacho de Nueva York, lucía un amable sol de primavera sobre el Hudson. Hablamos de las comunicaciones, de cómo las noticias podían circular por el mundo saltando de un satélite a otro, lo que abría un nuevo horizonte para las agencias de prensa. Al despedirnos me dijo que Efe tenía unas circunstancias envidiables para hacerse con muchos mercados internacionales a condición de que tuviera buenos servicios en inglés y árabe. Teníamos un servicio aceptable en inglés. Lo de tener un servicio en árabe no era una idea nueva, pero oída en la boca de Lou Bacardi adquiría nuevas dimensiones. Carecer  de servicio en árabe nos impedía penetrar en los interesantes mercados de Oriente Medio. Al llegar a Madrid hablé con mis colaboradores más cercanos, entre ellos, de manera especial, con el director de información Carlos Reigosa. Un servicio árabe daría una amplia y nueva dimensión a la Agencia. 

Esa idea que estaba adormilada sufrió una resurrección colectiva entre los que desde una posición profesional debían contribuir a llevarla a cabo. En 1991 habíamos fundado en Túnez la Alianza de Agencias del Mediterráneo con el fin de intensificar los intercambios informativos y los apoyos tecnológicos de los países ribereños situados al norte y al sur del histórico mar. El grupo que constituía  la Alianza estaba formado por todas las agencias estatales de los países ribereños, no quedó ninguno fuera, incluso pertenecía al grupo la Agencia Jana de Libia, cuyo país sufría un bloqueo cerrado. El único que no estaba era Israel, ni se planteó, porque los árabes se negaban en redondo a cualquier debate en ese sentido. 


Puntos de desacuerdo


Estábamos de acuerdo en que la libertad de expresión y de información constituye un derecho fundamental, pero el desacuerdo saltó cuando varios países árabes plantearon que la información debía respetar los intereses sagrados de las instituciones, de la religión y de ciertas personas que las representan. Se referían en especial a los reyes. Estábamos en Marrakech, Marruecos, en donde el rey es intocable y el presidente de la agencia marroquí MAP,  Abdeljalil Fenjiro  defendió apasionadamente que el soberano estaba fuera del análisis y de la crítica. Los de la ribera norte, los europeos, decidimos que no había que pasar por ahí, no hay sacralidad que esté por encima del derecho a informar con objetividad. El debate duró varias horas y al final para no romper la armonía hipócrita salió un comunicado totalmente descafeinado.

Aproveché para hablar con varios presidentes de agencias árabes sobra la intención de Efe de hacer un servicio en ese idioma. Lo acogieron con curiosidad y alguno como Mustafá Nagib, presidente de la egipcia Mena, con verdadero interés. Aprovechando un descanso pidió hablar conmigo, me dijo que en el Cairo, Mena estaba dispuesta a acogernos y darnos todos los apoyos para hacer un excelente servicio en árabe, podrían poner en ayuda de nuestro proyecto entre 45 periodistas para verter al árabe las noticias internacionales. Hablamos que para empezar, 150 noticias, bien seleccionadas, serían suficientes. En un momento sentenció: no le de más vueltas: “Para  el servicio árabe de una agencia occidental, el lugar más adecuado para establecerse, es el Cairo.”

“Pienso lo mismo”, le dije, pero tenemos que plantearlo con una financiación viable y sin demasiados riesgos, ya que hablamos de muchos millones de pesetas cada año. Ellos veían un negocio absolutamente rentable. Quedamos en que yo viajaría al Cairo para ver las instalaciones de Mena y analizar las posibilidades del proyecto. Incluso podíamos hacer una puesta en marcha escalonada. Meses más tarde fui al Cairo acompañado por Indalecio Díaz, jefe de Relaciones Internacionales de Efe. Nos acogieron con una fastuosidad oriental. Nos alojaron en uno de los mejores hoteles, me instalaron en una suite de 100 metros, con un dormitorio digno de Marco Antonio en una de las noches de fuego con Cleopatra, y dos salones llenos de flores y de dulces. 

Nos enseñaron las modestas instalaciones de Mena, con una tecnología totalmente anticuada. Lo primero que pensé es que si llegábamos a un acuerdo teníamos que hacer una revolución tecnológica total. Fuimos a cenar, a lo largo de la conversación me di cuenta de que el señor Nagib era presidente de una agencia modesta, pero personalmente  poderoso. Era gran amigo del presidente Mubarahrey001-1-SS. Mi visita estaba programada para seis días; sería un aburrimiento pasar todo ese tiempo hablando de negocios; así que al segundo día nos mandaron a Abu Simbel para ver las antiguas grandezas, navegamos río arriba para ver Karnak, Luxor y el Valle de los Reyes con las tumbas faraónicas. En la vieja Tebas quedan los templos, pero ya nadie reza en ellos, aunque nos conmueve su arte. Realmente, los dioses de todas las religiones han producido obras de arte sublimes.

En la charla que tuve después con Nagib para nuestro acuerdo, me repitió varias veces que nuestra línea árabe iba a quedar enriquecida con las aportaciones de sus corresponsales en el mundo musulmán y que escogería a los mejores editores para elaborar la salida. Me alarmó el ofrecimiento, íbamos a tener un servicio árabe endeudado en la agencia egipcia. No se lo comenté al doctor Nagib porque no quería ofenderle, se había portado como un caballero, detallista y cortés. Había evitado en todo momento hablar de dinero. El quinto día, antes de la cena, lo dedicaríamos a la firma. Repasamos los principios generales y llegamos a unos números totalmente disuasorios, subía la cuantía a 550 millones de pesetas mensuales. Una barbaridad y él diciendo que no iba a bajar una peseta. Le repetí que lo sentía, pero que no era posible, la conversación se agrió. Me dijo que se sentía engañado, se levantó y se fue. Indalecio y yo cenamos solos. Al día siguiente al saldar la cuenta del hotel comprobamos, que habían pagado solo los cinco primeros días, el sexto lo tuvimos que pagar nosotros.

De vuelta, en el avión, barajaba las distintas ciudades árabes que pudieran ser alternativas al Cairo. De pronto me parpadeó en la cabeza una luz que iluminaba un nombre, el nombre ideal, casi soñado para convertirse en el mejor escenario posible para lo que pretendíamos. Granada. ¿Pero cómo no se me había ocurrido antes? No hay color entre el Cairo y Granada. Fue como una revelación. Había sido residencia de la dinastía Banu Nasr hasta 1492 en que fueron vencidos por Isabel y Fernando, y obligados a marchar con lágrimas de derrota y de nostalgia ya que no era fácil decir adiós a la Alhambra y al Generalife. En ninguna otra parte del mundo volverían a oler un perfume de flores tan variadas. 

Me parpadeó en la cabeza una luz que iluminaba un nombre, el nombre ideal, casi soñado para convertirse en el mejor escenario posible, Granada

Había que proceder con orden para llegar al objetivo final sin sorpresas. Tenía que hablar con el presidente de la Junta de Andalucía, mi amigo Manuel Chaves. Al día siguiente, le conté por teléfono poniendo mucho énfasis lo de instalar el servicio en árabe en Granada. Se lo describí con cierta minuciosidad. Le pareció una idea fantástica. Apunté Córdoba como alternativa, pero me dijo que Córdoba no podía ser porque la universidad no tenía estudios árabes como Granada. En Granada, dijo Chaves, tendremos el apoyo del rector de la Universidad Morillas a quien le parecerá una idea estupenda y es clave para llevarla a cabo. Efectivamente le pareció una gran idea al rector y estaba dispuesto a poner todo el soporte científico de traductores para llevarlo a la práctica. 

A partir de estas tres voluntades entusiasmadas, comenzaron a trabajar los ejecutivos  de las tres instituciones para llevar el planteamiento de la teoría a la práctica, aparte de otros cuadros que también trabajaron para articular con solidez el proyecto. En uno de los solemnes salones del palacio de Carlos V firmamos el acuerdo. Nombramos para la dirección a Domingo del Pino, periodista con gran experiencia en el mundo árabe, venía del Cairo y había estado de corresponsal en Marruecos. Formó un equipo de 45 periodistas árabes. Comenzamos a pensar en una inauguración por todo lo alto y queríamos contar con un miembro de la familia real para realzar el acontecimiento. Barajamos los nombres de las infantas, aunque lo ideal sería que acudiera el príncipe Felipe, al fin y al cabo era el heredero. Llamé al jefe de la Casa Real, Fernando Almansa, le conté el proyecto y le dije que asistirían el presidente de la Junta de Andalucía y el rector de Granada. Le sorprendió que fueran a trabajar 55 personas. Entonces me dijo:

-Oye, lo que me estás contando es un acto para que presidan los reyes, no el príncipe o las infantas -me sorprendieron sus palabras-.

 -No te preocupes, asistirán los reyes, tenemos que fijar la fecha.

- ¿De qué días hablamos? -pregunté-

- A finales de enero. Cuando tengan un día Sus Majestades.

Horas más tarde me llamó Almansa  para decirme que la inauguración sería el 27 de enero.

La inauguración se hizo con solemnidad con asistencia de los embajadores de  los países árabes y presidentes de sus agencias oficiales. Hablamos el rey y yo, coincidimos en la importancia de la comunicación con el mundo árabe. El Rey envió el primer mensaje a todos los Reyes y jefes de Estado del mundo árabe.