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Nusch Éluard, musa parisina

El poeta escribe todo el rato, quisiera escribir su nombre -Nusch Éluard- pero lo omite, para que éste empuje como el viento en alta mar

Nusch Éluard, musa parisina

En las maravillas nocturnas/ en el pan blanco cotidiano/ en las estaciones enamoradas/ escribo tu nombre“. El poeta escribe todo el rato, quisiera escribir su nombre -Nusch Éluard- pero lo omite, para que éste empuje como el viento en alta mar.     “Libertad” ve la luz cuando las botas alemanas pisotean los campos Elíseos, desde la clandestinidad, en 1940, con Nusch, su musa, escrito en letras invisibles en cada verso. La biografía más intensa de esta musa del surrealismo la escribe Chantal Vieuille, para Circe, “Nusch Éluard”, reza el título, un retrato profundo, ensimismado de Man Ray, surreal y pétreo, como si fuera efigie de una escultura, la acompaña.

Todo en Nusch es enigma, desde su mirada melancólica, sugerente y misteriosa, ojos grises de apagada mirada felina y un porte menudo de una gran belleza. La quisieron todos, esa corte de surrealistas en brigada a la que se sumó todo lo vivo del momento, que desde un punto de vista artístico, en el París de entreguerras era entre mucho y muy abundante.

Tiene 24 años, 1930, y la joven alsaciana de profundo acento francés recorre las calles de los bulevares parisinos con el paso firme y la mirada altiva, como quien sale de caza. El flechazo surge en forma de encontronazo manifiesto, cuando tal vez ella no buscara otra cosa que un café caliente y un cruasán y no la compañía de aquella pléyade de funambulistas sobre el terreno. Pudiera haber sido cualquier otro pero cupido encendió la llama sobre Paul Éluard, en forma de taxi, “Llévelos al número 7 de la rue Bequerel”, anuncia cómplice René Char, camarada de la entente surrealista. La noche se agita interminable, aunque finita, el amor ya nunca se apagará. 

El paisaje parisino jamás se entendería sin la presencia de la bella alsaciana, un cuerpo que recorrieron todos, con sus dedos y su arte -Char, Man Ray, Dora Maar, Tzara, Miró, Matisse, y hasta el macho alfa del momento Picasso, que tan sólo aceleró brochazos-. Mientras, Paul Éluard invocaba a las musas. Aquella belleza socializada del batallón surrealista se hizo referente y aún hoy persiste cuando uno se imagina aquel París para soñar.

Todo fue amor y vida agitada, libertinaje y desnudez, pero no siempre. Un día hubo de gritar “Libertad”, en forma de poema, había tanques chirriando sus grandes cremalleras sobre el asfalto y mucha vida clandestina.