ENTREVISTA

Jesús Vázquez: "Los nietos sienten distinto, pero creo que los centros de gallegos seguirán"

El Presidente del Centro Ourensano de Montevideo habla sobre los centros gallegos repartidos en el mundo y sobre el relevo generacional en la emigración

Jesús Vázquez, ayer en su casa de Montevideo.
Jesús Vázquez, ayer en su casa de Montevideo.
Jesús Vázquez: "Los nietos sienten distinto, pero creo que los centros de gallegos seguirán"

En el Centro Ourensano de Montevideo, en el barrio uruguayo de Cordón, cabe una cantina, una biblioteca, una sala de fiestas, algún salón de reuniones y el único museo de la emigración gallega del país. Pero a la rutina de los 400 socios del "Orensano" –así le llaman al lugar que nació en 1941 para que la colectividad se uniese–, le basta con unas mesas para jugar a las cartas. La "brisca de la diáspora" explica el papel de estos centros, donde los viejos reparten el juego y cuesta adivinar de qué "palo" van los jóvenes. El esfuerzo incansable por promover la galleguidad y conectar con los nietos de la emigración lo cuenta desde el otro lado del charco, Jesús Vázquez Martínez, presidente de la entidad que comparte el primer Premio Ourensanía "Exterior" junto al Centro Partido de O Carballiño, en Buenos Aires. "Jugamos a las cartas...No sé, el Orensano es para que nos recuerde a las reuniones que teníamos en Galicia", dice.

¿Qué dicen los emigrantes del centro ourensano del premio?

Ya lo sabe todo el mundo. Lo han recibido con entusiasmo y alegría, es un reconocimiento extraordinario.

El presidente del Centro Partido O Carballiño invitó a Manuel Baltar a la entrega del premio en Buenos Aires. ¿En Montevideo también quieren el acto?

Sí, el presidente de la Diputación de Ourense me dijo que en noviembre estaría aquí. Nos hace ilusión que lo entreguen aquí, en Uruguay,  y en Argentina.

Desde el principio. ¿Cómo llegó a Uruguay desde Vilanova dos Infantes?

En 1975, con 19 años. Tuve la suerte de que a los tres días estaba trabajando en una empresa grande, en la parte administrativa. Después vi en los periódicos un concurso que buscaban para empleados de banca. Había para 150 personas. ¡Yo era el único extranjero! Fui tesorero del BankBoston (sucursal del Bank of America en Uruguay) para todo el país y mi trayectoria profesional estuvo siempre ligada al banco. Me da la impresión de que tuve suerte. Al Centro Ourensano fui a los 10 días de llegar al país. Ahí empezó mi conexión.

Aquella primera vez que visitó el Centro Ourensano...¿Por qué? ¿Qué hicieron por usted?

La ayuda era más emocional que otra cosa, porque yo ya estaba trabajando. Era un momento en el que se hacían muchas excursiones por todo Uruguay, yo iba y era una alegría el trato. Y ahí me quedé, en el Ourensano. Estuve de secretario, de presidente... He sido presidente unas diez veces. Entre la directiva, no importan los cargos. 

Dice que cuando llegó al banco, era el único extranjero. ¿Qué papel tenía Montevideo en la emigración de aquella época?

Bueno, creo que el emigrante español era el colectivo abundante, y dentro de este, había mucho más emigrante gallego que de otra comunidad.

¿Cómo era su vida anterior en Ourense?

Buena, era empleado del juzgado en Celanova.

¿No se fue por necesidad?

Sinceramente, me fui porque me tocaba el servicio militar, era una época dura. Me tocaba para Marruecos dos años, como mi padre y mi hermano. Y dije: "Me voy". Pero cuando emigras a esa edad es muy problemático, porque sales del lugar en el que estabas en tus primeros años para ir a una aventura. Por suerte, creo que me fue bien. Me casé aquí, tengo hijos y nietos. Y el Centro Ourensano no es trabajo, en voluntad.

¿La necesidad de los que llegan ahora al club ya no es emocional? ¿Qué hace el centro por los ourensanos?

No invitamos solo a los de Ourense, sino a los gallegos. En todo lo que se pueda gestionar. Si pedían trabajo, se les buscaba. Y ahora, lo que allí hacemos, es jugar a las cartas para seguir el trajín de Galicia. La brisca, el tute... Y hacemos excursiones. 

También promueven la “ourensanía" con acciones culturales.

Organizamos el aniversario, una comida a la que concurren 300 personas, hacemos queimadas bastante folclóricas... Hasta conseguimos una coraza que usaban los agricultores gallegos como impermeable a la lluvia, hecha de juncos. Hacemos exposiciones de pintura con hijos de ourensanos, también hay muestras de Castelao, Rosalía...y, por supuesto, de Curros Enríquez, ¡que yo soy de Celanova!

¿Cuántos socios son?

Ahora hay también uruguayos, porque después de tantos años acá, uno tiene sus amigos. Somos unos 400 entre antiguos y cooperadores. En en aniversario se encuentra gente gallega, vecinos que hace un año que no se ven. 

¿Hay relevo generacional?

Predominan los socios antiguos. Se están integrando los nietos de esa gente que llegó en los 60, pero se lleva con bastante sacrificio, la juventud no ve esto como nosotros.

¿No van mucho?

A fiestas especiales, sí.

¿Es difícil atraer a esos descendientes de emigrantes?

Muy difícil, pero la culpa fue nuestra también. Cuando éramos tantos y tantos, nos preocupábamos de las fiestas y de la comida, de la música gallega... De todo lo típico. Ellos vienen con la música moderna (risas).

¿Cree que esa dificultad de conectar con jóvenes pone fecha de caducidad a los centros de emigrantes? ¿Desaparecerán?

Tanto como desaparecer no, porque inculcamos los valores del centro con varias actividades. Los nietos no sienten igual que nosotros, pero hay que adaptarse al momento.

¿Como se imagina el futuro de los centros gallegos?

El 30% de centros gallegos de Uruguay ha desaparecido. Los que quedamos, una decena, se están manteniendo en Montevideo. Fuera de la capital son españoles. 

Con todo, confía en que no desaparecerán.

Tan rápidamente no, hay que hacer cosas que atraigan a la gente. Aquí tenemos el Museo Gallego de la Emigración, dentro de nuestra sede, es el único de todo el país. Tratamos de traer a los alumnos de las escuelas.

Guardan reliquias ourensanas.

Sí, son todo piezas originales de Galicia. Un carro de vacas del 1800, una rueda de molino del 1700, o dos ruedas de afilar–una del siglo XVII y otra del XVIII–, que recorrieron América desde Canadá al sur de Argentina. Con esas novedades, vas atrayendo a gente.

¿Cómo les afecta la situación política del país a los emigrantes?

Nunca se hizo discriminación. Nos juntamos con la gente de acá sin problema ninguno. Al extremo de que el Museo de la Emigración del gobierno de Montevideo nos pidió ayuda para mandarle documentación histórica. 

Ya no dan cursos de gallego. ¿Los nietos no quieren aprender el idioma?

Sí, pero la juventud está metida en muchas cosas de estudio y no les queda tiempo para venir. Tienen interés, pero no tiempo.