AVE, AVE

Los antiguos romanos saludaban al emperador con un “ave César” –algo así como salve o viva César-. Y estos romanos que utilizaban a todas horas la palabra “ave” fueron los primeros en construir vías que unían Roma con todos los extremos de su imperio (vía Appia, vía Aurelia, vía Lusitana…), las famosas calzadas que dieron lugar al dicho: “Todos los caminos conducen a Roma”. La construcción de esas vías fue una obra colosal que se hizo durante siglos y que cohesionó el territorio. Valían para transportar personas o mercancías, aunque eran útiles, sobre, todo para el desplazamiento de las legiones en un tiempo récord.
Esas calzadas llegaron hasta España, en concreto una de ellas pasaba por Ourense -ahí está nuestro Puente Romano- y unían Roma con A Coruña (Brigantium).

Los romanos sabían que, más allá de su rentabilidad económica, las vías articulaban y modernizaban el imperio, los hacía fuertes y poderosos frente a los pueblos que no las tenían, facilitaban su defensa y sus conquistas y sirvieron para difundir su idioma, el latín, como lengua culta y común. Después de los romanos en España no hubo más que caminos de diligencia hasta hace apenas un par de siglos.

Precisamente leyendo la biografía de Valle-Inclán se cuenta que en su primer viaje desde Santiago a Madrid, a finales del siglo XIX -¡hace bien poco!- se tuvo que trasladar hasta León con los arrieros maragatos para coger el ferrocarril. Cuando se construyó aquel ferrocarril la rentabilidad económica sería seguramente nula, pero acercó Galicia al resto de España y de Europa –y viceversa- y abrió las puertas del desarrollo.


Dando un salto en el tiempo nos encontramos con que el AVE (acrónimo de “Alta Velocidad Española”, aunque suene como el “ave” romano) se ha construido prácticamente en su totalidad en el triangulo formado por Barcelona, Madrid y Sevilla, o sea, en la vertiente mediterránea de España, mientras que en la atlántica se está construyendo, eso sí, con veinte años de retraso. A pesar de ello surgen algunas voces que se oponen a seguir su construcción hasta Galicia y pararlo en Zamora.

Craso error sería paralizar esta obra. Primero, porque sería un agravio comparativo con el resto de España; segundo, porque si el AVE es un lujo –que sí lo es- pagado por todos los españoles, todos tenemos derecho a disfrutarlo; tercero, porque el desarrollo está ligado a la existencia de medios de comunicación modernos, y cuarto, porque el AVE cohesiona España como las calzadas romanas cohesionaron el Imperio de los Césares. Así que el AVE debe llegar a Galicia, concretamente a Ourense, en el año 2018, tal y como anuncia la ministra Ana Pastor.


Otra cosa es el tema de la estación de AVE prevista para nuestra ciudad. Siempre me ha parecido excelente la forma de pensar de los británicos, capaces de compaginar la modernidad con sus tradiciones y sus edificios históricos, que le dan personalidad a sus ciudades. Un ejemplo es el de las estaciones de tren en Londres, en concreto la estación de Paddington (construida en 1854) y Victoria (inaugurada en 1860). A estas estaciones londinenses, ambas de la época victoriana, llegan los modernos trenes lanzadera que las comunican con los aeropuertos de Heathrow y Gatwick. Y esto por no hablar de la estación de Atocha en Madrid (inaugurada en 1892) a la que llega el AVE.

Tal vez aquí en Ourense se podría hacer una estación con personalidad propia, que sea de aquí, que resalte la arquitectura gallega, que descubra al viajero que es la primera estación del AVE en Galicia. Seguro que si el proyecto lo redacta un arquitecto de Ourense se le ocurrirán un montón de ideas para reflejar la idiosincrasia de nuestra ciudad y nuestra provincia en la nueva estación. En fin, que si los romanos saludaban a su emperador diciendo “Ave César”, nosotros podemos saludar la llegada de nuestro AVE, el de Ourense, diciendo “Ave, AVE”.