Quejumbroso mugido

Quejumbroso mugido

Eran las siete de la mañana, un frío intenso atería mis miembros, caminaba lo más rápido que permitían mis piernas, quemando las energías acumuladas en el descanso nocturno. Mis pasos resonaban rítmicamente sobre el firme del camino, mientras mis ojos apenas percibían tenuemente el entorno que me rodeaba; un silencio sobrecogedor acentuaba la sensación de soledad que invadía mi espíritu. De pronto, un lastimero mugido se expande por la niebla, una tristeza profunda comparte espacio y tiempo con los pensamientos más íntimos de mi ser. Estoy muy cerca del matadero, percibo el olor a sangre y muerte que desprenden sus paredes, el mismo olor que aterroriza al animal que espera su sacrificio con una consciencia casi humana y que brama intermitentemente solicitando un auxilio que nunca llegará. En ese instante viene a mi memoria la poesía de Gloria Fuertes sobre la vaca que estaba triste porque había sido sacrificado su ternero. Sentimientos de dolor ante lo inevitable, la muerte que alimenta la vida. Dualidad eterna, pervertida por la civilización; muerte, dolor, sacrificio, angustia y resurrección; el ciclo de la existencia. Me alejo con paso apresurado, acompañado del quejido del animal condenado al sacrificio, una sensación de impotencia paraliza mis pensamientos y trato de acelerar la marcha para alejarme de las instalaciones que avivan recuerdos desagradables. 

 A muchos kilómetros, en la lejana Grecia, o en la mítica Mesopotamia, o tal vez en la hermosa Siria… miles de seres humanos claman pidiendo ayuda, mientras el horror de la guerra destruye su futuro. Su clamor es profundo, agónico, desesperado… y no hay respuesta. No importan las terribles imágenes del horror, no importan las miradas de angustia de los niños sepultados en los escombros de lo que fueran sus viviendas, no importan los bombardeos de hospitales, escuelas o edificios; lo único que importa es vencer a un enemigo invisible, porque en realidad es el odio, la venganza, el fanatismo, el control estratégico, el petróleo, el lucro, la geopolítica, el neocolonialismo; en resumen el control de la riqueza por parte de aquéllos que gozan del poder en beneficio de los “selectos privilegiados” que desde siempre han vampirizado a sus semejantes; todo ello es el auténtico enemigo. Es una lucha diabólica entre dos grandes males, mientras los que sufren las consecuencias son las víctimas inocentes de un “suculento festín”. 

Doy rodeos tratando de llegar a mí mismo, mientras se aleja el sonido lastimero del astado condenado al sacrificio. ¿Qué hacer?, me pregunto. ¿Cómo impedir la matanza de tantos seres humanos inmolados al dios dinero? La globalización ha destruido los últimos puentes de la solidaridad humana; hemos sido comprados por un consumo compulsivo que nos aleja cada vez más de nuestros semejantes. La gran contradicción es que vivimos en mundos diferentes en los que los territorios se parcelan escandalosamente en función del acceso a la riqueza. No son las distancias lo que nos separa, no son las ideologías, ni tan siquiera las religiones; son los principios, son las ideas, son los intereses y sobre todo es la cobardía. No tenemos el valor suficiente para decir ¡basta ya!, no debemos soportar la carga de ser colaboradores pasivos de tanto horror. Un mugido estremecedor me hiela el pensamiento y me devuelve a mi condición de insignificante espectador de una realidad inalterable y por lo tanto indestructible. La vaca ha dejado de mugir.