Los motivados

Mi amigo Jorge se ha apuntado al gimnasio. Ayer me llamó tembloroso y decaído. Tenía mala voz. A medio camino entre el que dobla la voz de Doraemon y un capo de la mafia con la garganta tamizada por un millón de habanos. A ratos perdía la respiración y el hilo de la charla. Confesó todo en un silencio que astutamente provoqué. Había pasado media hora pedaleando en “la elíptica”, que es una suerte de instrumento de tortura con el que los romanos habrían aportado brillantes colecciones de mártires a la historia de la cristiandad. Era el primer día de su “vida nueva”, admitió con solvencia. Fui a verlo de inmediato.

Entré en su casa y estaba amarillo como el antepico del Pato Donald. Pero no amarillo como puede estar a veces el sol al amanecer, sino amarillo como están los alimentos que no deberían estar amarillos si realmente esperan su turno de consumo en la nevera. Hay ciertos seres vivos que se ponen amarillos cuando han perdido ambas propiedades: la del ser y la de estar vivos. Pienso en ciertos moluscos. También le ocurre a algunas carnes. Y a la mayor parte de los vegetales, que se mueren perdiendo su color como el tallo de un puerro o intensificándolo como la cabeza de un grelo. Jorge estaba amarillo-UVI, un tono que por las connotaciones emergentes de su propia nomenclatura, nunca conseguirá la atención de los grandes de la moda internacional. Estaba como el submarino de los Beatles y se comportaba como tal. Postrado en cama, todo esfuerzo por sacar a flote el periscopio –no se adhieran a la literalidad de la metáfora, por favor- y contemplar el mundo exterior resultaba en vano.

Tendido como Tutankamon, me recibió con una botella de agua con azúcar en la mano, todavía en ropa de deporte. Por culpa de los dolores de espalda, no había podido desprenderse del culote de ciclista, que es una prenda que va tan sumamente ligada a la intimidad masculina, que cuesta trabajo quitársela sin sufrir desprendimientos en algunos de los órganos que más preocupan a la mayor parte de los varones en edad de merecer, que es casi toda la vida según los optimistas patrones de los hombres de ahora.

Al verlo tendido y vacilante, musitando algo sobre las agujas o agujetas, decidí desfibrilarlo, por si las moscas, porque un amigo cardiólogo me dijo una vez que el peor infarto de todos es el oculto, el que no da la cara, que no te enteras de que lo has pasado hasta después de 600 o 700 años, cuando algún equipo de antropólogos decide rastrillarte las costillas y algún forense presente en el juego playero de cubos y palitas desvele el misterio de aquella repentina muerte por el color o la forma de alguna de tus cenizas.

Pero Jorge aún estaba vivo. Porque le mencioné algo sobre romper el carnet del gimnasio que tenía en la mesa de la entrada de casa y se levantó como un resorte y comenzó a increparme como si hubiera amenazado con arrancarle un trozo de su alma. Es probable que hubiera cedido antes un riñón, a mano y sin anestesia, que su carnet del gimnasio, porque aquel papelito mortificante formaba parte de lo que ahora se ha dado en llamar “vida nueva”, que todo ciudadano del siglo XXI debe abrazar en forma de extraños propósitos, al son de la última campanada que abre las puertas al “año nuevo”. Desconozco si toda la culpa es del refrán, o si ya nos habíamos vuelto idiotas antes de que la sabiduría popular, esa célebre escritora de todos los tiempos y casi todas las tempestades, redactara el refranero.

Mis propósitos de este año son despropósitos. Recibo el año nuevo con un inmenso anhelo de vida vieja. La vida antigua era una bendición en la que a nadie se le ocurría esta histeria de ponerse hasta las orejas de polvorones en tres días para después pasarse tres meses comiendo lechuga rizada con sepia. Tampoco esos propósitos interminables, esas metas del “nunca más” y esas promesas de enero que, con buen criterio, marzo se llevará, como el sol de la primavera irá lentamente derritiendo las nieves y los hielos.

El XXI es el siglo de la deificación del reto. ¿Para qué? No lo sé. Está prohibido el heroísmo, la santidad está poscrita, y del viejo honor no queda más que el orgullo, que es la cara chunga de respetar un código de valores propio. Así que no entiendo para qué tanto reto por cumplir, sin ideal trascendente o material detrás que lo justifique. Sentirse bien es lo más importante, según los gurús, pero en este valle de lágrimas nada hay más sospechoso que un tipo que dice sentirse extraordinariamente bien. Probablemente esté a punto de morir y no lo sabe.

Algunos de mis amigos han llegado más allá del gimnasio y le han pedido al nuevo año encontrar pareja estable, como quien busca un piso donde poner el huevo. Trato de explicarles que pedirle cosas a un año es tan eficaz como pedírselas a una grapadora, pero no hay nada que hacer; en la singular superstición del posmoderno, toda rubia de azules ojazos y adorable forma de ser, es susceptible de brotar del calendario a sus brazos en menos de un segundo, si se lo pide con la suficiente convicción en sus propias posibilidades. Ahí radica tal vez esta plaga de fieles de la “vida nueva” que, sin saberlo, dan la espalda a las bendiciones de la vida antigua que hoy deseo exaltar. La gente que cree que demasiado en sí misma constituye un dañino ejército social de autosuficientes agudos y muy contagiosos. A la España del 2017 le faltan motivos y le sobran motivados.