Dejar reposar el caldo

Dejar reposar el caldo

En días de tanta controversia conviene modificar brevemente el esquema mental para que el torrente de situaciones agresivas no cause en mentes sensibles un daño irreparable. Hay en los diarios de estos días material suficiente como para sospechar que España se ha convertido en un país de exaltados que han decidido apostar por la tremenda, y que propone radicalizarse más probablemente de lo que nunca se ha radicalizado, así que, ante esta desventura lo más adecuado es sentarse a contemplar una puesta de sol en el murete de la playa de la Concheira y dejar reposar el caldo. Nada de sobresaltos ni frecuentar ambientes de tensión. Todo lo más, y en dosis muy medidas,  asomarse a la tele y ver un partido de fútbol, a poder ser un Huesca-Rayo Vallecano que a primera vista se presenta como inocuo y libre de tensiones partidistas. Si uno se coloca de primeras ante la pantalla y te sirven un Madrid-Barça –dentro de nada, a celebrarse en Miami- la recomendación no sirve para nada porque uno se instala en el corazón mismo de la furia. En este caso, lo de ver y disfrutar del buen fútbol está prácticamente proscrito y todo el argumento al que uno puede tener acceso es el de tratar de joder como mejor se pueda al contrario.

Mi edad senecta y mis experiencias de muchos años me han aconsejado no asistir por televisión a los actos de conmemoración del atentado terrorista de Barcelona. Uno como yo, es muy libre de guardar el debido y merecido respeto a las víctimas del atroz suceso sin tener que convertirse en cómplice de los actos que han organizado las instituciones independentistas y que tienen de todo menos de recuerdo. La manipulación a la que estos infames han sometido una situación de infinito dolor y tragedia que golpeó al mundo e hizo parte de los horrores a gentes llegadas a Barcelona desde varios rincones del mundo atraídos por su universal encanto, desprestigia los actos que han convertido lo que debía ser un respetuoso homenaje para los muertos, heridos y traumatizados por la barbarie terrorista, en una especie de ruleta dirigida a mostrarse particularmente inhóspito y desagradable con el rey de España. No ha sido nunca la falta de hospitalidad defecto que caracterizada a Barcelona pero ahora sí lo es.  Allá quienes lo han permitido y siguen dando a la misma matraca.