La primera vez

"Yo quiero ir para ese hotel", dijo ella. "Yo quiero que nos quedemos en casa", contestó él. Pero como ella sólo está a ratos y él sabe que estará poco tiempo, accedió a visitar la residencia que le recomendó la doctora para recibir los cuidados médicos que sus hijos no le pueden facilitar por mucho interés que pongan en la tarea. Al final de la etapa adulta quedará el consuelo de un puñado de recuerdos, si se tiene la potra de no haberlos perdido con la cabeza, y cada día pasado se celebrará como una pedrea. La primera vez siempre marca. Y una residencia de ancianos no deja de ser un hotel, sobre todo si puedes apoquinar 1.800 euros en una privada cuando necesitas que incluso te acompañen a un lugar tan íntimo como el baño. 

Las habitaciones son espaciosas, con televisión y servicio adaptado. Los huéspedes pueden personalizar la estancia con sus muebles y en cada puerta una fotografía muestra a los moradores en una actitud feliz, aunque también podría ser una pista para evitar equívocos. Un grupo de ancianos lee la prensa en una sala luminosa. Otros aprovechan que no llueve para darse un garbeo por el jardín. Después de la visita a ella le gusta más la idea de vivir en el hotel y él se confiesa dispuesto a probar unos días. Prefieren la residencia a continuar en su casa con una persona interna como proponen los hijos. Las decisiones son personales, pero después de la primera visita a una residencia de ancianos resulta más fácil comprender que haya tantas personas en Galicia que se decanten por la vía Séneca. Ante su salud enfermiza, el filósofo y senador romano dejó escrito que lo único que le había impedido suicidarse era la incapacidad de su padre para soportar su pérdida, aunque después acabó haciéndolo para evitar que lo ajusticiasen por estar, supuestamente, implicado en la conjura de Pisón contra Nerón.

Hay circunstancias que te recuerdan la fragilidad de un órgano tan complejo como el cerebro y la importancia de hacer testamento vital ante el Rexistro Galego de Instrucións Previas para no prorrogar la agonía más de lo imprescindible. En Galicia sólo lo han hecho poco más de 6.000 personas, quizá porque también es lícito pretender quedarse, ya sea en el hotel o en casa, por mucho tiempo.