Opinión

Pedro y Alicia. Alicia y Pedro

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Pedro y Alicia. Alicia y Pedro

Por la mañana suelo ver a Alicia asomada a la ventana, recién levantada, sin ganas aún de peinarse.  La silueta de Pedro la vislumbro a través de la cortina en la cocina. Se mueve de un lado a otro, intuyo que preparando su desayuno. No se sentarán juntos. Hace tiempo que perdieron la costumbre: Por las prisas, por un ritmo que ya no sonaba al mismo compás, por dejadez, por pura desidia. Apuesto a que no son capaces de recordar cuándo fue el último día en el que se miraron a los ojos y sorbieron despacio el caliente café que los preparaba para la intemperie de la calle. Seguramente ya ni quieran. 

Pedro y Alicia son mis vecinos del primero. Llegaron hace ya algunos años a este patio riendo mucho. Esa alegría contagiosa que volaba entre las ventanas y los balcones, colándose en las casas y esparciendo buen humor, se fue extinguiendo. Ahora vendrían bien aquellos soplos de entonces, lo cierto es que ahora vendrían bien muchas cosas despreciadas no hace ni un mes.

Alicia y Pedro caminan por su casa sin rozarse, indiferentes el uno al otro, invisibles el uno para el otro. Lo hacen desde hace ya mucho tiempo, pero ni lo intuían. Pedro y Alicia apenas saben nada el uno del otro, no se llaman, no se encuentran, no se buscan. Y no han sabido o no han podido interpretarlo. Ante el espejo, cada uno en su propio momento, se han observado y han descubierto un rostro triste, un cuerpo desamparado, una vida desganada. Dejaron que la apatía se instalara cómodamente esperando, sólo muy al principio, que el otro tomara la iniciativa. Pero ni Alicia ni Pedro lo hicieron. La costumbre de fingir que todo estaba bien fue mudando en una certeza absoluta que se instaló entre los dos con dañina dureza.

Pienso que el confinamiento podría ser una oportunidad única para que ellos se comprendieran de nuevo, que descubrieran lo que son y lo que que quisieran ser. Pero asumo con certeza que no será así. Cuando los averiguo a través de las ventanas pasando de puntillas por el mundo del otro, evitando cualquier salpicadura, tengo la convicción de que uno de ellos ya se había decidido a destapar el desamor, el aburrimiento y el rechazo, sin importar el hedor acumulado. Y llegó la cuarentena. Pedro o Alicia, Alicia o Pedro, o ambos, volvieron a pisar el freno. Volvieron a ser cobardes y se refugiaron en sus madrigueras. Se equivocan. Acabarán frustrados y llegará el odio. Pésimo compañero de piso. Alicia ya se ha peinado y Pedro ha salido de la cocina. No se cruzan, pero en el aire ha quedado el certero rumor de un sangriento choque. Quedan demasiados días.