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Beach House quita el freno de mano

Partiendo de su cuidado dream pop, Beach House ha dado un paso adelante en su nuevo disco, transitando con fluidez por la psicodelia o el rock

Beach House quita el freno de mano

Desde sus inicios en 2004 Beach House ha sonado siempre a eso, a Beach House. Todos sus discos han sido un acontecimiento en el panorama alternativo. Un contexto en el que no han dejado de cosechar seguidores desde que llegaron, y donde sus conciertos se viven casi como una experiencia física y emocional, citas exclusivas ya que tampoco se prodigan mucho en los escenarios. 

Reyes y emperadores actuales de lo que se denomina como “dream pop”,  ese género lleno de magia, ambigüedad y languidez, que transporta al oyente a lugares donde flotar en comunión con uno mismo es obligado.

Victoria Legrand y Alex Scally son el dúo más cool de esta década. Siempre esquivos a la hora de hablar del proceso creativo de sus discos, han conseguido que toda la prensa internacional reciba siempre sus trabajos de una manera solemne y con un punto de misticismo para conseguir que ese aura de “banda emocional y diferente” no pierda calidez. Para muchos Beach House es algo que cuidar, mucho, ya que últimamente propuestas como la de este dúo estadounidense no son fáciles de encontrar.

Hace unos meses anunciaban la salida de su nuevo disco, “7”, editado por Bella Union. Con él algo cambió. La colaboración en la producción con Peter Kember, más conocido como Sonic Boom o por ser el líder de los tristemente desaparecidos Spaceman 3, ha conseguido que Beach House suelte lastre, ese que le acompañaba siempre a la hora de crear sus discos y que iba ligado 100% a que ellos pudiesen trasladar el sonido y las canciones a su directo, que es de una exquisitez insultante. 

Una vez que se han liberado de esa carga, quizás por la necesidad de dar un paso hacia adelante, el dúo se presenta en su nueva referencia desenfrenado. No se asusten, siguen siendo Beach House, incluso más que nunca, pero ahora su universo de melancolía se ve transitando también por los caminos de la psicodelía, la densidad sonora y por qué no, el rock, hasta se han atrevido con el francés, idioma que Victoria aprendió en su niñez en París y que le queda como anillo al dedo.  

En este giro han dejado al lado la perfección y han evitado también la sobreproducción, dejándose llevar hacia otros lugares. Esos mismos quizás a los que ellos nos llevan con sus canciones, donde dar riendo suelta a lo que en estos momentos llevan dentro, que no es otra cosa que música con mayúsculas.