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Una mañana bursátil

Cartas al director

Una mañana bursátil

He tenido una mañana bursátil muy ajetreada. En absoluto me molesta el peso de las bolsas de los recados matinales, pero me incomoda mucho más su volumen. Y hoy, precisamente hubo necesidad de reponer patatas, leche y agua mineral, amén de las habituales menudencias y minucias imprescindibles para la diaria o semanal manduca o refacción.

He traído los tiques de la compra de los tres supermercados a los que he ido, a cada uno por uno o varios productos diferentes, por aquello de tratar de ahorrar algunos céntimos, ya que el mismo producto no cuesta ni vale lo mismo en los tres que hay en mi pueblo, no solo como buen y obediente recadero sino también como justificante personal, que ahora, ya cumplidas las ordenes de la mañana, cuando salga a los vinos, echaré los tres en el super que más cerca me cae en donde sortean cada mes una buena cesta de ruedas a la manera de cesta de Navidad. Sí. Ya sé que los dos tiques restantes son de la competencia y no sirven para nada. Pero yo los echo igual, eso sí, sin número del móvil, o mismo un móvil inventado –lo simpático sería que algún día me tocase- para que no sepan quién es el chistoso que allí los mete, en una caja de cartón ad hoc. Más que nada, por importunar y sepan y queden enterados que uno no es tan fiel cliente y además está al tanto de las ofertas. Aunque a veces, -desconfiado que es uno- ando con mucho tiento y cuidado al echarlos, pues algo de la traviesa mirada de aquella cajera me hace barruntar que ya desconfía quién es o pueda ser tal ingenioso y ocurrente cliente.

Para mí es igual, pues desde que dicho sorteo lleva instalado desde hace años, nunca me ha tocado y eso que salgo a tique por día. Solo una vez, la cajera, una morenita simpática y de muy buen ver, me dijo un día post-sorteo que tenía para mí dos noticias; una buena y otra mala. Le pedí la buena, y me dijo que ayer en el sorteo me había tocado la cesta. Y ante mi sorpresa le requerí la mala. Me dijo que el tique que había echado no llegaba al límite de los ocho euros, y que por lo tanto no servía. Por esto es por lo que echo los otros tiques de la competencia; por una especie de desquite o rabieta de niño pequeño, que tanto da.