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En busca de otros ríos

Antonio Carreño |

Antonio Carreño | 08 de abril de 2016

El estado de New Hampshire lo forma una alargada franja que desde la frontera del la provincia de Quebec (Canadá) desciende estrechándose hasta tocar el Atlántico. A un lado el estado de Maine; al Sur, el de Massachusetts y en el límite de ambos la pintoresca villa de Salem, que inmortalizó Arthur Miller en su memorable drama, Las brujas de Salem. Fue el gran bastión de los más recalcitrantes puritanos de New England (Nueva Inglaterra). Su diseño colonial, como anidada sobre el tumultuoso Atlántico, vigía de nuevas rutas, fue trazando una variada cartografía al imperio yanqui, con su potente flota ballenera de los siglos pasados.

Eran escasos los españoles que residían en el estado de New Hampshire, recién llegado, aun con el magisterio acuestas. Conocí a un prestigioso ebanista, madrileño de origen, que vivió la Guerra Civil en Madrid. Tenía media mandíbula destrozada por la metralla de un bombazo, que cayó siendo niño, jugando con otros, en una recóndita plaza del barrio de Lavapiés, en los primeros meses de la Guerra. Se especializaba en un tipo de muebles muy valorados en la zona, estilo Shaker, de alto costo, primorosamente sencillos, con finas vetas sin apenas relieves, difuminadas. El nombre se asocia con la secta de los Shakers, quienes en sus rezos, poseídos por el Espíritu (decían), temblaban contorneándose contorneándose al unísono de sus himnos bíblicos. Fui testigo de sus ritos en una lejana comuna, Pleasant Hill, Kentucky.

Nuestra primera excursión, al final del segundo año del curso escolar, ya con automóvil, fue un apacible viaje, un fin de semana, a la ciudad de Quebec, con vuelta por Montreal. El cañón del río San Lorenzo, la gran fortaleza militar construida como defensa contra las hordas inglesas, el impresionante La Château Frontenac a modo de gran atalaya, vigía sobre los extensos dominios, las callejas revueltas y torcidas de la vieja ciudad, los amenos restaurantes y el aire europeo, formaba parte de su encanto histórico y social. Lejos de su referente cultural europeo (Francia), los quebecuás aún miran al lejano París con fervoroso nacionalismo. El paseo a orillas del río San Lorenzo invita a ese viaje imaginario que, más allá del horizonte, se abre al inmenso océano en busca de los ecos de una lejana orilla: la patria de la lengua y de la inquietante identidad.

New Hampton era el típico village situado en el borde de la autopista 93 que, desde Boston sube por el centro del estado, quebrado y montañoso en el norte, con majestuosos lagos y numerosas estaciones de esquí. Lo preside el Washington Mountain, que encabeza una vasta cordillera que se extiende a lo largo de la parte Este del país hasta coincidir con las Montañas Apalaches de West Virginia, Kentucky y Tenneessee. De población blanca, ascendencia anglosajona, protestantes, tienen a orgullo el ser la configuración del auténtico yanqui americano. Los veranos eran plácidos, tranquilos. El otoño, un chorro de colores múltiples: una gozada de chocantes contrastes. Resaltaban los púrpura, el rojo intenso, el amarillo chillón, el marrón pardo, desvanecido, y el suave rosado violeta de arces, olmos y robledales.

Contrastaba con mi lejana aldea de la Ribeira Sacra que había dejado atrás. ¡Tan lejana! El sosiego de la gente, la paz y tranquilidad a media noche, el ir y venir sin prisas, el hablar pausado, la atención personal, el interés de unos sobre otros, la cortesía y el saber estar, formaban parte de su arraigada herencia puritana. Población culta, deportista y con frecuencia viajera. Con apenas cien casas, algunas esparcidas por el interior de una gran arboleda, presidia el centro una espléndida biblioteca abierta los días laborales. Muy concurrida a la caída de la tarde, sobre todo en las largas invernadas, era lugar de encuentro de vecinos, de reuniones y de lecturas comentadas. Uno pensaba, caminando por los densos bosques, tupidos de abetos y pinos, que tal vez abría un sendero nunca transitado. Los troncos de viejos árboles, ya caídos por el peso de la nieve, del hielo y del fuerte viento invernal, se asentaban unos sobre otros, ocultos por cientos de años; espacios salvajes (wilderness) raramente transitados.

Se me iban los ojos, asombrado ante los potentes automóviles que enfurecidos subían los fines de semana a las zonas de esquiar: el majestuoso Chevrolet Impala, el Chrysler Fifth Avenue y el New Yorker, los potentes Tornados de la Buick, el alargado y majestuoso Cadillac y no menos el Lincoln Continental, que aullaba a noventa millas por hora. Mi favorito, el atractivo Munstag descapotable, rojo, de la Ford, el furor de los jóvenes. El Cougar de la Mercury era para las señoritas más refinadas, el Challenger de la Dodge para los alocados, el Pontiac GTO para los soberbios, y el Corvette para los super-rich Para las mozuelas ya entradas en años, y que volvían de jugar al tenis, el descapotable Cuttlas de la Oldsmovile. ¡Oiga, que yo venía del soñado Seat 600 y del Renault 4x4 que nunca tuve!

(Parada de Sil)

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