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La cocina maldita para el PP

Pilar Cernuda | 14 de septiembre de 2020

Jorge Fernández Díaz junto a su Francisco Martínez cuando ambos dirigían Interior.
Jorge Fernández Díaz junto a su Francisco Martínez cuando ambos dirigían Interior.

Francisco Martínez, el ex secretario de Estado de Seguridad del primer gobierno de Rajoy, no es un “mayordomo infiel” al uso. Ni levantó la manta ni filtró mensajes comprometedores a medios de comunicación. Los wasaps publicados en esos medios  no procedían de Martínez, sino de la investigación judicial en marcha  sobre el caso Kitchen, en la que se intervino su teléfono y se conocieron los mensajes intercambiados con su jefe, el ministro de Interior Jorge Fernández Díaz, y con altos cargos del PP. En esos mensajes  reprochaba con palabras duras  el trato recibido de “miserables” como Rajoy, Cospedal y Fernández Díaz, y que su partido le hubiera dejado “tirado”.  

Francisco Martínez, cuando advirtió que  el PP le apartaba de las listas al Congreso, donde había sido diputado y por tanto aforado -muy importante por su delicada situación judicial-, pidió al secretario general que lo incluyera en la lista o, como alternativa, en la de la Asamblea de Madrid. La respuesta fue negativa. Fue entonces cuando se dio cuenta de que iba a ser el “chivo expiatorio” de una operación en la que tuvo un papel fundamental, la Kitchen, pero que no había ordenado ni diseñado. Las órdenes, lo dijo siempre, las  había recibido de quien podía dárselas: su inmediato superior, Jorge Fernández.  

Se trataba de encontrar una persona que pudiera ofrecerles información sobre Luis Bárcenas, el ex tesorero y bestia negra del PP. Martínez y el equipo de Villarejo que trabajaba en Interior consiguieron hacerse con la voluntad del chófer de Bárcenas, Sergio Ríos, que a cambio de dos mil euros mensuales de los fondos reservados les facilitó información sobre su jefe, les consiguió documentos y, lo más importante, pasó a la policía el teléfono móvil de Bárcenas en el que en apenas unos minutos clonaron el dispositivo y obtuvieron importante información.

Villarejo, siempre Villarejo

El caso Kitchen es hoy una pieza separada de las investigaciones que realiza el juez García Castellón sobre las muchas operaciones en las que ha intervenido el comisario Villarejo,  un hombre que tuvo papel relevante en la lucha contra ETA en los años 80 y que consiguió mantener cargos en Interior con sucesivos gobiernos del PSOE y del PP.  Durante un tiempo ofreció sus servicios a personalidades de la empresa y de la política, y todos ellos han caído porque Villarejo grabó todas las conversaciones que mantuvo con ellos cuando le encargaban “trabajos”, que en su mayoría rozaban la legalidad o eran claramente delictivas. Para dar publicidad a esas grabaciones comprometidas contaba con la ayuda inestimable de media docena de periodistas. Dijo el ex comisario en una ocasión que más valía que le trataran bien porque tenía en su mano la posibilidad de hacer caer las estructuras del Estado, las oficiales y las empresariales. No mentía: se cuentan por docenas los nombres de sus víctimas, todas ellas de la máxima importancia. La última, o la penúltima, Francisco Martínez. 

Un hombre que fue gran profesional como Secretario de Estado, experto en la lucha yihadista y  que precisamente por  sus conocimientos participó en importantes foros nacionales e internacionales. Nunca se llevó bien con su ministro, con el que mantuvo fuertes fricciones, algunas de ellas provocadas porque Fernández Díaz creía que su secretario de Estado le robaba protagonismo. Letrado en Cortes, tenía su futuro asegurado si la tensión del ministerio provocaba su cese, pero no se planteó la dimisión porque le apasionaba su trabajo. Cometió un grave error,  considerar persona fiable y competente a Villarejo. 

El caso Kitchen afiló los dientes al Gobierno, un equipo que atraviesa el momento más  grave de su todavía breve historia  y que es consciente de que lo peor le queda por llegar.  Con la operación policial e ilegal contra Bárcenas, Pedro Sánchez ha encontrado un nuevo motivo para arremeter contra un PP que ya estaba debilitado porque no cuenta con una dirección suficientemente experimentada para ejercer el liderazgo de la oposición.

Con el  Kitchen, el PP se encuentra paralizado para denunciar los casos de corrupción que forman parte de la peor historia del PSOE y sobre todo de los que hoy están de plena actualidad: las investigaciones sobre la financiación irregular de Podemos y los posibles sobresueldos que cobraba su cúpula, así como la peripecia de la tarjeta del móvil de Dina Bousselham,  ex asesora de Pablo Iglesias. 

Un partido apestado

El PSOE y Podemos han propuesto la creación de una comisión parlamentaria sobre el caso Kitchen, a la que se han sumado la mayoría de los partidos que facilitaron la investidura a Pedro Sánchez y también Ciudadanos, a pesar de ser socio del PP en importantes gobiernos regionales y municipales. Hasta ese punto esa operación ha convertido al PP en un partido al que la mayoría de la clase política considera apestado.  

Casado no era miembro de la dirección del PP cuando se produjo el espionaje  a Luis Bárcenas, como él mismo se ha ocupado de señalar, pero el PSOE y Podemos han pedido la comparecencia en esa comisión de Mariano Rajoy y María Dolores de Cospedal entre otros, y también de Pablo Casado. Es evidente que Sánchez ha encontrado un elemento más para debilitar a su principal adversario. 

La debilidad del PP era una evidencia desde hace tiempo,  y se agudiza con el caso Kitchen. La reacción inicial de Pablo Casado no  fue además la más indicada,  cuando declaró que cuando se produjo él era solo un diputado por Ávila.  Cualquier político con un poco de experiencia, en una situación de crisis como la que está viviendo el PP habría lanzado de inmediato, tanto a militantes como a votantes, y a quienes no lo son, que el PP es un partido fuerte, sólido, unido,  implacable en la lucha contra la corrupción, y que se mantendrá en su línea de apartar a quienes son condenados por los tribunales, y recordando también los muchos que han sido absueltos.Su reacción de anteponer que él era un solo un diputado de Ávila ha provocado que personas destacadas del partido, en donde hay miembros de la dirección que han sido personas de la máxima confianza de Rajoy hayan confesado su incomodidad por ese mensaje subliminal de que Casado ha promovido la renovación del partido para dar carpetazo a los casos de corrupción. En cuanto a Rajoy, calla.

Malos momentos por tanto para el PP,  por el caso Kitchen y porque ha vuelto a salir a la superficie  la escasa cohesión actual,  provocada por unas primarias cuyo resultado no convenció a todo el mundo, ya que no fue Casado quien ganó en primera vuelta y necesitó el apoyo de los votantes de Cospedal para hacerse con el triunfo. Ha hecho esfuerzos de unidad, pero no suficientes. Y se nota en situaciones como las que está viviendo –sufriendo- el partido.

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