Opinión

Biografías de aldea: O Pepiño

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Biografías de aldea: O Pepiño

Pasar el puente sobre el río Bravo era asumir paciencia y no menos tranquilidad. Pasaporte en mano, mirada a la foto y a la cara, un silencioso OK y esperar que la larga cola se fuese acortando hasta dejar la via más despejada. Detrás la ciudad tejana de El Paso, bulliciosa, alegre, moteada por ricas urbanizaciones y casas suntuosas; enfrente, la ruidosa Ciudad Juárez, con apenas semáforos, casas de planta baja, desteñidas, numerosos mercadillos cargados de variados objetos de alfarería, instalados para el consumo del gringo americano. Se acerca diluyéndose en humildes viviendas, moteadas a lo largo de la orilla del río, bajo de agua, como queriendo sumirse con la otra orilla, prohibida. Pequeños grupos de indígenas, la mayoría de la etnia tarahumara, acurrucados bajo un árbol de ancha copa, al borde de la carretera que bordea la ciudad, atraían la atención de los congresistas que se dirigían al Centro de Humanidades de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez. 

 Le debe su nombre al afamado presidente Benito Juárez. En varias ocasiones se convirtió en la capital de la República de México bajo los mandatos de los presidentes Juárez,  Francisco I. Madero y Venusiano Carranza. La presencia del general Francisco Villa, quien durante la Revolución Mejicana (1910-1920) ubicó su cuartel general en esta ciudad, y a quien le dedica un museo, fue clave en la formación de la identidad mejicana. Y lo fue durante la época virreinal. Conocida como Paso del Norte, fue un centro principal en la colonización española hacia el territorio conocido como Nuevo México. Ciudad Juárez era paso obligado del Camino Real de Tierra Adentro. Unía el centro de México con la ciudad de Santa Fe. Fue un importante centro religioso y una avanzada atalaya en la evangelización de la zona, contando con numerosas misiones regidas por los frailes franciscanos. Santa Fe, otro de los centros claves. Al igual que lo fue el estado de Chihuahua, y la gran acción revolucionario del Pancho Villa, a modo del legendario Robin Hood. Al margen de la ley, liderando una pandilla de bandidos, logró formar un potente ejército, y como general hacer frente al gobierno en el poder. Frenó el abuso que ejercían los hacendados sobre los campesinos al igual que el de terratenientes y potentes oligarquías. Diego Rivera, uno de los tres grandes muralistas mejicanos (con Orozco y Sequeiros), presenta en el mural «La Revolución Mejicana» a Pancho Villa y a Emilio Zapata, mostrando como lema la justicia social: tierra, pan y libertad.   

Quemaba el sol y el asfalto a la llegada al aeropuerto de El Paso una mañana primaveral del mes de marzo. La Asociación Internacional del Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro, fundada en 1991, celebraba su segundo congreso. Reunía a un grupo numerosos de congresistas. Destacaba la  presencia masiva de investigadores norteamericanos. Las sesiones se alternaban entre la Universidad de El Paso (Texas) y la de Ciudad Juárez. Una conferencia plenaria iniciaba el congreso y lo clausuraba otra final. Ambas dictadas por una figura académica destacada. El banquete de clausura que las instituciones organizadoras ofrecían a los congresistas ponía el punto final. Las ponencias se recogieron en unas Actas que vieron  la luz el año siguiente. Así, por ejemplo, en este caso salieron con el título de El escritor y la escena: Actas del II Congreso de la Asociación Internacional de Teatro Español y Novohispano de los Siglos de Oro.

La asistencia al banquete de clausura fue numerosa. Y esmerada la atención y la cortesía. Se jugaba el prestigio del centro académico organizador. A lo largo de la mesa nos sorprendió la agilidad con la que un joven, afable con los organizadores a quienes se dirigía por su nombre, abría botellas del coñac Fundador, y lo servía con generosidad. Presidía un lateral de la mesa. Sus conocidos se dirigían a él con el nombre de «O Pepiño». Le mostraban una gran amistad. Supe que era quien tenía el monopolio de vinos y licores en Ciudad Juárez, y quien abastecía los banquetes oficiales de la universidad de Ciudad Juárez.

Persona influyente, me contó. En una de sus vueltas a orillas del Sil compró finca, construyó un chalet en piedra blanca, adornó la finca con esbeltas palmeras, la bordeó con una alargada parra y bajo un lúcido alpendre instaló una flamante barbacoa. Y me contó el buen rollo con los viejos amigos de comparsa, combinando el buen vino de Valdeorras con la  margarita y el añejo tequila Cuervo. En las festivas comilonas mezclaba tamales con burritos, así como enchiladas, fajitas y antojitos acompañados con chile, salsas picantes o guacamole, si faltar el cordero lechal Asombrados por su generosidad, sus amigos (sus guates) esperaban cada verano la vuelta.  Han pasado los años y su lujoso chalet yace cubierto de hiedras y punzantes zarzas. Parada de Sil.