Opinión

De La Habana vengo y a La Habana vuelvo

Opinión

De La Habana vengo y a La Habana vuelvo

Llegó en la línea de autobuses Eduardo Barreiros, allá por los años cincuenta del pasado siglo. Partía todas las tarde a las cinco en punto de la tarde (frase que consagró el gran García Lorca), desde el Bar México, situado en la Avenida de Buenos Aires. Parada de Sil, el destino final Y un largo y a veces penoso traqueteo. Apenas tres paradas: San Miguel de Campos, Faramontaos, Luintra y finalmente la joya de la Ribeira Sacra. Las paradas en Cerreda y Vilouxe eran ocasionales. Cuando cuadraba con el destino de algún viajero. Ronroneaba subiendo la cuesta de Faramontaos, en primera, el tan usado motor Perkins, llegado del norte de Portugal, y transformado en ruidoso Barreiro.

“De la Habana vengo”, anunció el extraño y último viajero, que cerró el final del trayecto: traje blanco, ampulosos pantalones, holgada chaqueta, lustrosos zapatos y un toque fino de sombrero levemente volteado: un clásico jipijapa que tomó el nombre de la ciudad ecuatoriana de Jipijapa, situada en la provincia de Manab, de donde procedía y se exportaba. Su elegancia y uso lo consagró el presidente norteamericano Theodore Roosevelt al visitar la construcción del canal de Panamá en la primera década (1906) del pasado siglo. Universalizó su uso en las tierras del Caribe y no menos en los estados sureños de Norteamericana. Tres lúcidas maletas Samsonite, de cuero curtido y labrado, acompañaban al gallego ya cubanizado.”Vengo de la Habana” repetia ante el corro de espectadores que le observaban de perfil, sorprendidos y no menos admirados. Habían pasado más de treinta años. Casi nadie le reconocía. Ya era otro. Su forma de caminar, sus gestos, su atuendo, su equipaje (maletas nunca vistas) y su deje. “¡Eh, viejo, tra paca esa maleta!” Y sus tres maletas cuya reconocida marca, procedente de la América del Norte, se deriva de la figura bíblica de Sansón. Fuertes, robustas, únicas en aquellos años.

El primer indiano que llegó vestido como tal a Forcas. Y el último. Remoraba al que siglos atrás celebró Lope de Vega en el baile que incluye en la comedia de La dama boba. Un coro de damas describe su atrativa vestimenta, su hechizo alegórico, su atractivo pelaje amoroso: “trencelín en el sombrero” (cintillo de oro y plata que rodea la copa del sombrero), “cadenita de oro al cuello”, “zapatos al uso nuevo”, “satanilla a lo turquesco”, “es criollo disfrazado”, “gran jugador de vocablos”. Y el reiterativo estribillo: “¿De dó viene, de dó viene’?” Viene de Panamá”. La conocida salsa “Yo vengo de Cuba”, la altera el recien llegado con “De la Habana vengo”. La canción de Lope asocia la lejana de García Lorca, “Son de negros en Cuba”, que es posible que escribiese a raíz de la visita del poeta granadino a Santiago de Cuba; “Cuando llegue la luna llena / iré a Santiago de Cuba / iré a Santiago de Cuba”. El venir (“Yo vengo de Cuba”) y el ir (“Iré a Santiago de Cuba”), asocia dos movimientos opuestos. El último será “en un coche de aguas negras”, metáfora asociadas (“aguas negras”) con la gran tragedia de la exclavitud y la pauperidad. La negritud y la vividuría, esclavos arrancados de sus raíces.

Un lejano familiar le esperaba con su borrica camino de la parroquia de Forcas. Camino duro, empedrado, seco. Os Fios, Espiñas, alto de Triguas, Cortiñas, Senra A Miranda y, en el fondo, como sumida sobre sí misma, acurrucada, misteriosa, el centro de la parroquia: Forcas. Llegó a tener más de treinta vecinos.Hoy apenas se cuentan con los dedos de la mano. La abuela anciana, con dos hijos afincados en Camagüey y en Ciego de Ávila, en un principio buhoneros y vendedores ambulantes, tocando puertas, hablando desde las ventanas, sus mulas cargadas con cachivaches.  A los pocos años amplias bodegas y pulperias. En un principio a pie, tirando de sus asnos o mulas, con canastos, serones, alforjas, acercaban sus productos a los rincones más alejados de la isla. Y con ellos, el vendedor de pollos. Sobre el lomo de su borrico, a ambos lados dos grandes canastas llenas de aves. Una red les impedía escapar. En voz en alto anunciaba sus mercancias.    

Y las vendedoras de dulces en su mayoría mulatas, sobre el brazo o sobre la cabeza, bandejas de frutas confitadas con esmero, proveían a una variopinta clientela. El joven cubano, recién llegado a Forcas, que salió para La Habana con apenas catorce años, en busca de su hermano mayor que apenas conocía, caido en un camastro, le danzaban las vívidas imágines de su Cuba lejana. Recién llegado, ya quería volver. Entre sus guayaberas de lino blanco, había guardado la gran novela de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier, premio Nobel de literatura, que vio la luz en 1953, un año antes de su viaje. 

Leyendo a Carpentier, los pasos perdidos eran ahora sus mismos pasos. El desasosiego ante lo no conocido, la extrañeza  que sentía ante el nuevo paisaje; humano, familiar, social. Las casas construidas sobre duras piedras, el ganado tintineando en grupo a la salida de las cuadras, ya de mañana, los paisanos con sus paraguas colgando sobre la espalda, y aún más: los negros potes sobre una leve llama, colgando de una torcida cadena. Y el hollín de las paredes como barnizadas de negro Y las ventanas sin apenas luz. 

Apenas dos días. Y la breve y reiterada respuesta a quien le preguntaba acarreando de vuelta sus lustrosas maletas de cuero Somsonite: “A la Habana vuelvo”.  
Eso me contaron.
(Parada de Sil)