Opinión

De hispanistas e hispanismos

Opinión

De hispanistas e hispanismos

La palabra a veces resulta extraña: hispanista. Se asume a la persona que estudia y difunde en conferencias, artículos y libros, o desde su cátedra, la lengua, la historia y la cultura del mundo de habla española. Y se aplica generalmente al scholar (investigador) que no es nativo del país en el que se especializa. Diferente epíteto se aplica al galleguista, catalanista y hasta al lusista. Hay casos ejemplares de brillantes hispanistas que se han destacado con valiosas contribuciones al estudio  de las cultura española. Pioneros, en muchos casos, en campos descuidados por los eruditos de este país. Pongo por caso el teatro de Calderón (en su mayoría en manos de británicos), la figura del conde-duque de Olivares, los pintores del mismo período (Velázquez sobre todo) y hasta las monografías sobre las penurias económicas de la España del siglo XVI y XVII. De hecho, la Asociación Internacional de Hispanistas convoca cada tres años a lo más espigado del campo. Extranjeros en su mayoría. Los españoles, dentro y fuera de su país, no se consideran hispanistas strictu sensu. 

Es redundante aplicar el término al que siendo español desarrolla su profesión fuera de su país. Tal fue caso de Américo Castro, de Pedro Salinas y hasta de Rodríguez-Moñino. Uno en Princeton, el otro en John Hopkins University, el tercero en Berkeley. Y no es aplicable a Francisco García Lorca (hermano del poeta), que ejerció como catedrático durante una larga veintena de años en la prestigiosa Columbia University. 

El salmantino Federico de Onís, que tenía a gala ser alumno de Unamuno, y lucía sin esmero una chaqueta de pana beige y un impetuoso cigarrillo, dio un gran impulso al naciente hispanismo norteamericano. Le habían precedido tres figuras de relieve: Archer A. Huntington, fundador de la Hispanic Society of America, única por su impresionante colección de incunables y de manuscritos medievales y del Siglo de Oro; George Ticknor, bibliófilo e historiador, y el renombrado William H. Prescott, el primer estudioso del imperio Inca, Azteca y del reinado de los Reyes Católicos y de Felipe II. Huntington, graduado de Yale, los dos últimos catedráticos de Harvard, fueron auténticos hispanistas avant la lettre. Huntington compró en bloque la valiosa biblioteca del Marqués de los Caballeros. Y Ticknor  escribió en tres volúmenes la primera historia de la literatura española, que vio la luz a mediados del siglo XIX. 

El objetivo de Huntington, que procedía de una familia que amasó una gran fortuna en la construcción de los ferrocarriles, fue crear un amplio muestrario de la cultura hispánica: literatura, arte, arqueología, pintura. Y atesoró ediciones únicas: nombres conocidos como Fernando de Rojas (La Celestina), Garcilaso, Cervantes e incluso de figuras menos destacadas. Le importaba la calidad de lo escrito y su importancia en la historia literaria y social. Entre sus joyas, la primera edición de Don Quijote en sus dos partes (1605 y 1615). Y las tres primeras de La Celestina: la Tragicomedia de Calisto y Melibea atribuida a Fernando de Rojas. La impresa por Fadrique de Basilea (Burgos,1499), por Pedro Hagenboch (Toledo, 1500)  y por Estanislao Ponono (Sevilla, 1501). Ediciones únicas, valiosas. 

Federico de Onís fue otro gran escalón. Fundó la Revista Hispánica Moderna que, en sus páginas finales, presentaba un importante acopio bibliográfico de las publicaciones más relevantes, anotando libros y artículos incluidos en las revistas más prestigiosas del campo. La Revista Hispánica Moderna, al igual que la Nueva Revista de Filología Hispánica (Colegio de México), el Bulletin Hispanique (Burdeos), y el Bullitin of Hispanic Studies (Liverpool) dieron pasos gigantes en la formación del hispanismo internacional. 

Y la Casa Hispánica de Columbia University fue una distinguida atalaya. Contó con figuras de prestigio: Ángel del Río, Francisco García Lorca, Tomás Navarro Tomás, Eugenio Florit, Antonio Regalado, Gonzalo Sobejano, et alii. Sin olvidar a la exquisita Ana María Barrenechea, que disfrutaba de un nombramiento especial: un semestre en Columbia y otro en la Universidad de Buenos Aires. El veterano Fredrick H. Jungemann fue un pionero en el estudio del sustrato aragonés en el castellano antiguo (La teoría del sustrato y los dialectos hispano-romances y gascones), inteligente y lúcido, felizmente acomodado entre sus ilustres colegas. Me encantaba su robusta arbitrariedad y no menos su intimismo, ya de edad avanzada. 

Aquellos sábados en la Hispanic Society me sabían a gloria. Desde la estación de metro, Columbia University, en Broadway, a la calle 155, se llegaba en menos de veinte minutos. En los breves descansos, en la plazuela de la entrada (a un lado la Numismáticas Society y al otro el Museo indígena americano), se aireaba la mente y se iniciaban relaciones con colegas de otros campos del hispanismo internacional. Just memories. 
(Parada de Sil)