Opinión

De la mano de Laura

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De la mano de Laura

A Manuel Vilanova

Mucho de los jóvenes se enamoraban el pasado siglo de la mano de las Rimas de Gustavo Adolfo Bécquer. Sus versos tocaban las fibras más emotivas del joven lector. Una de las ediciones más populares, la de Afrodisio Aguado, se vendía en quioscos a módico precio. Sus versos aún retumban en la memoria de quienes hicieron vivencia acrisolada el sueño de un amor perdido: «Volverán las oscuras golondrinas / en tu balcón sus nidos a colgar;... pero aquellas... aquellas que aprendieron nuestros nombres... / esas… ¡no volverán!». La ruptura de la copla de pie quebrado (tres endecasílabos y un heptasílabo), ya consagrada por la lejana elegía de Jorge Manrique; la secuencia de la adversativa pero, que rompe el futuro fáctico de la primera estrofa («volverán») frente a la rotunda negación del final de la segunda («¡no volverán!»); la hilada secuencia de adjetivos y pronombres a modo de enfático clímax, que hace presencia (yo) a la ausente (ella), se cierra en total sumisión: «pero mudo y absorto y de rodillas, / como se adora a Dios ante su altar . . . nadie así te amará». Los versos transfiguran a quien los lea a modo de secuencias de dolido desengaño. 

No solo Bécquer. Pablo Neruda en sus Veinte canciones de amor y una canción desesperada tocó las mimbres del sentimiento amoroso de su generación. Versos nemotécnicos: «Puedo escribir los versos más tristes esta noche. / Escribir, por ejemplo: ‘la noche está estrellada, / y tiritan, azules, los astros, a lo lejos’... / Ella me quiso, a veces yo también la quería /. Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos». En ambos casos (Bécquer, Neruda), el verso inicial se transformó en frase formularia, coloquial. Abrevia una radiografía sentimental fijada como tiempo e historia.

La voz a ti debida de Pedro Salinas instaura como norma y como diferencia una poética de los pronombres que sustituyen o anulan el nombre de los dos amantes: el yo frente al tú. Su mismo fluir niega la posibilidad de toda estrofa. De ahí que García Lorca la calificara de prosista: un ritmo prosificado a través de una ampliación discursiva. Las frases pronominales se encadenan tanto en unidades aisladas como en mutua conjunción. La voz a ti debida la articulan continuas enunciaciones pronominales. Revelan, definen y mitifican a un creador, asombrado él mismo ante una realidad (la amada) que cantó como oralidad y como escritura. El hombre enamorado busca en la mitología de su historia personal su sentido al amor.

Ya Roland Barthes observó cómo el lenguaje del amor surge de la ausencia. Diferencia cuatro niveles discursivos: enumeración de los bienes del ausente; reconocimiento físico de quien es uno frente a quien es el otro; descubrimiento de una faceta única del amante y presencia de un yo que se constituye a sí mismo en receptor de quien habla. Verso a verso, el lenguaje de lo imaginario se funde con el utópico: lo que es frente a lo que debiera o pudiera ser. La comunicación asume la asignación del lenguaje como signo múltiple: elemento de lo adorable, fetichismo de la figura que se endiosa, elogio de las lágrimas; voz articulada que instaura, poema a poema, un mito de dolor, de amor y de ausencia. Escribe Salinas: «Te busqué por la duda: / no te encontraba nunca. / Me fui a tu encuentro / por el dolor. / Tú no venías por allí. / Me metí en lo más hondo / por ver si, al fin, estabas». 

Así de simple: Francesco Petrarca (1304-1374) marcó un hito en la lírica de Occidente. Salvando diferencias, Laura es para Petrarca lo que fue, medio siglo antes Beatrice para Dante. Un amor que surge a primera vista, súbito, un Viernes Santo, a la salida de los oficios celebrados en la iglesia de Santa Clara, en Aviñón, el seis de abril de 1327. Laura muere veintiún años después con treinta y ocho, el mismo mes de abril, el mismo día y a la misma hora. Laura de Noves, hija de Audibert de Noves, casada a los quince años. Petrarca se deshace en endecasílabos memorables.

Persona real y símbolo del deseo terrenal, poético y erótico. Amor prohibido (mujer casada) celebrado en ese gran texto, Il canzoniere, que inauguró el sentimiento lírico (petrarquismo), que se continúa (pos-petrarquismo) en el discurso amoroso de Occidente: de Shakespeare y Hölderlin a Bécquer, Neruda, Salinas et alii. Fijó la divinización de la amada; la memoria como evocación y tortura, la disección de la subjetividad como interrogación, la exaltación erótica, la culpa. También Calisto y Melibea en La Celestina. Y Dante en Vita Nuova: Tanto gentile e tanto onesta pure (XXVI). Y pisando sus versos, Petrarca, Una donna piè bella assai che‘l sole. Figura éste del amante inquieto, porque inquieta fue la búsqueda de su Laura: Di pensier in pensier, di monte in monte / mi guida Amor, che‘ogni segnato calle / provo contrario a la tranquilla vita. 

(Parada de Sil)