Opinión

Utopía y carnaval: Waterloo o la isla barataria

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Utopía y carnaval: Waterloo o la isla barataria

Es de los capítulos más comentados del Quijote: Sancho Panza gobernador de la Isla Barataria. Tal espacio tan solo existe en la imaginación del gran fabulador de Arcadias y de Utopías caballerescas: don Quijote.

Cabalga sobre un escuálido Rocinante desde el centro de La Mancha a la ciudad letrada de Barcelona. Recorre sus calles y se aposenta en la casa de don Antonio Moreno, un notable burgués. Éste le muestra las maravillas de una cabeza encantada. Visita una imprenta y queda encandilado ante los libros impresos en traducción del italiano.

Y perora sobre el buen arte de traducir y la magia de quien traduce. En mente el refrán traduttore / traditore. El gran caballero andante, poseído por su ardiente imaginación, asume la ficción libresca como real: formas de hablar, visión política, locuras y devaneos amorosos.

Don Quijote es la gran figura del idealista descabellado, único en la cultura literaria de Occidente. Y tiene a su lado, como réplica y dialogante, al simplón pero pragmático Sancho. Se define como un cristiano viejo por los cuatro costados, a diferencia de los cristianos nuevos: los judías conversos.

Harto de servir y de caminar, Sancho le exige a Don Quijote le asigne unos emolumentos per diem. «— En fin, yo quiero saber lo que gano» (II, 7). Nada que objetar. Pero don Quijote es fiel a los textos leídos. Son su ley. «no me acuerdo haber leído que ningún caballero andante haya señalado conocido salario a su escudero».

Tan solo que, si había suerte, se les premiaba con una ínsula, o con algo equivalente. Y que al menos recibían un título y una señoría. A Sancho le bailarían los ojos ante tal oferta: ¡una Isla!, que irónicamente se llamará Barataria.

Dicho y hecho. La promesa se cumple. Y Sancho se la anuncia a su esposa, Teresa Panza en una carta memorable: «Mujer de un gobernador eres».Y en secreto le confiesa: «Don Quijote, mi amo, según he oído en esta tierra, es un loco cuerdo y un mentecato gracioso, y que yo no le voy en zaga».

Le anuncia que se irá de gobernador «con grandísimo deseo de hacer dineros, porque me han dicho que todos los gobernadores nuevos van con este mismo deseo». El Sancho gobernador representa la conjunción diseñada por un visionario (Don Quijote) que su siervo califica de ser un loco cuerdo y un mentecato (tonto) gracioso.

La gobernanza de Sancho termina en desastre. Sin embargo, y a modo de parodia, acierta en un buen número de decisiones legislativas. Le llueven las consejas de don Quijote: deberá acomodar su forma de vestir con su rango; el saber (letras) con el gobernar (armas); el temer a Dios y el «conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse». No deberá ocultar su humilde linaje, que es más ser un humilde virtuoso que un pecador soberbio.

Y remata: «la sangre se hereda pero la virtud se conquista. Y la virtud vale por si sola lo que la sangre no vale». 

La virtud de un texto clásico está en poder congelarse en el tiempo actual del lector y presentar formas de pensar y de comportarse en sucesivas generaciones de lectores.

Siempre actuales. Los textos citados aportan dos conceptos básicos. El primero asume, a modo de utopía, el gobierno de una república, dirigida y gobernada por un inculto y zafio gobernador. El concepto viene de lejos. En el siglo XVI, Thomás More acuñó el término en su tratado Utopía. Imaginó una isla en la que asentaría la organización ideal de una sociedad justa.

Distinguido humanista, profesor de leyes, juez de negocios, More se negó a firmar la carta en la que Enrique VIII pide al Papa anule su matrimonio con Catalina de Aragón. La negativa le causó su decapitación. 

El otro concepto es la configuración carnavalesca de Sancho: gobernador de una isla cuyo nombre (Barataria) parodia su valor. El carnaval es la representación del mundo al revés (Upside Down). Invierte roles y cambios de identidad: la mujer de Sancho (Teresa Panza), es hija de un destripaterrones y esposa de un gañán convertido en gobernador.

Su otro nombre, Teresa Cascajo. El carnaval asocia simbólicamente, de acuerdo con Caro Baroja, un tiempo de desorden y de mezquindad. La vara de la justicia y de la autoridad cae en manos de gente inculta e insumisa. Se abole el orden establecido y se impone la confusión, el desorden, y la derogación de las leyes acordadas. 

Lecturas en clave. Revelan la genialidad de un personaje (Don Quijote), siempre actual, didáctico, ejemplar. Denuncia la corrupción, la avaricia, las ansías de poder y de ascenso social.

En mente, el fugado de la ley que insiste en ser President de la Generalitat de Cataluña. Paraliza la actividad parlamentaria y ventila la descabellada idea de investirse como presidente simbólico (también Sancho en su Insula).

Propone un gobierno en paralelo, efectivo, legal y técnico. De nuevo, el muñeco o el espantajo carnavalesco, desde un espacio real y simbólico (Waterloo), codicia el poder y augura su derrota: un Quijote, en boca de Sanco, a medio camino entre el loco cuerdo y el mentecato cómico. 

(Parada de Sil)