Opinión

Acontecimientos en la urbe

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Acontecimientos en la urbe

Llueve sobre la ciudad como llora mi corazón, así decía el poeta. En esta Auria, mas húmeda que pluviosa en pasados días, asistimos a una novedad que puede dar al traste con tanta asepsia funeraria: la sustitución del velatorio por un encuentro para familiares y amigos del difunto en cualesquiera público espacio, en este caso un bar, y a fe que funcionó, quizás aunque amplio el espacio, nunca la suficiente para acoger a tantos como se expresaban en declaraciones de amistad. Me dirán que el espacio no es el adecuado, pero es que ¿acaso mejor el aséptico tanatorio? Así me encuentro en El Cercano con un abarrote que llegaba a la calle que me recordaba cuando a los difuntos se les tenía en casa, y aquí, obviamente no estaba el difunto si no sus familiares para recibir más que condolencias si esa proximidad de quien te arropa, en este caso era Cachito quien las recibía y sus hijos por o pasamento de José Luis Llamas, ese hombre al que inevitablemente se asocia con el deporte, que unos cuantos impulsó por acá. Me vino a la memoria el último encuentro con él allá en el parque donde lo encontré lleno de vida y más optimista, tanto que contagiaba, no obstante convivir con una enfermedad con la que llevaba dos décadas luchando.

Aquella misma tarde vagando hacia el Liceo para escuchar a un cuarteto: dos guitarras, contrabajo y electrónico órgano, que ellos buenos músicos emitían, de una calma tal que más invitaba a la meditación, como si en la India estuvieses, o Nepal, o el mismo Tibet, de tal forma que a alguno de los escasos oyentes se le ocurriese lo de cuarteto de Cama en lugar de Cámara, que evidentemente tampoco era. Una música dentro de un estilo indescifrable, pero que requiere de gran dominio instrumental como oímos en la pieza final con una concesión al folk americano. Éramos solamente quince, quizás por la poca publicidad, la coincidencia de otros actos en una ciudad que tanto oferta en su cultural cartelera.

Y el sábado con un amigo nos encontramos con una cuarentena de socios de la SGHN en la lalinense fraga de Catasós con el sol apenas filtrándose por entre los más que gruesos, alargados robles, de una treintena de metros misturados con algunos castaños y un corpulentísimo y por demás alargado alcornoque o sobreira. Una delicia para los sentidos atender las explicaciones de los expertos en ese tránsito o andadura en el que más prima el mental que el físico ejercicio. Como el programa denso y no exento de atractivo seguimos al mismo centro de Lalín, al museo Ramón María Aller, ese insigne astrónomo, matemático y muchas cosas que fue el más ilustre de los lalinenses, que de fidalga familia, por primogénito hubo de decantarse por la eclesiástica carrera. Docente y con seguidores creando escuela, Aller junto con el geógrafo Fontán son de los más preclaros hijos de Galicia. Vale la pena visitar el museo donde Cecilia Doporto, que elaboró una exhaustiva tesis sobre Aller en dos tomos, ejercerá de entusiasta cicerone en esta casa-museo donada a la villa por el prócer con sus dependencias en las que no falta el observatorio con telescopio en el que hacía sus prospecciones por el firmamento dando el nombre a cuatro estrellas: Ramón 1-2-3-4 y recibiendo el suyo un cráter lunático; tan recordado hombre de nuestra ciencia que de tan concentrado en sus estudios y docencia en la Universidade de Santiago todavía sacaba tiempo para misar en las cercanas parroquias o implicarse en el diseño de aparatos telefotográficos como el estereoscópico. Científico reconocido allende nuestras fronteras, acaso más que conocido del galáico pueblo.Templo románico de A Ventosa, con sus baldaquinos

Lalín se merece una visita para quienes, montados en el Castromil hacíamos una paradiña, tomando un cafelín para proseguir camino a nuestros exámenes por libre en la Facultad de Derecho, lo que relajaba a aquella panda de Alvaro Moretón, Boni, Gonzalo Sotelo, Chanta Calviño, Alberto Viejo, Checho Cendón, Locho y unos cuantos más temerosos del siempre incierto examen de oral y escrito al que nos sometían en Romano, Civil, Procesal o Administrativo allá por los junianos albores, cuando la Revolución cubana en su éxtasis.

La comitiva de la SGHN todavía continuaría, previo vistazo a la estatua del aviador Loriga, otro nombrado de la villa, hacia el románico templo de Ventosa, de poca apariencia externa pero de tanta interna con los baldaquinos tomados prestados de otros templos, de Carboeiro y de su escuela de canteros que muchas estatuas religiosas ornaban las laterales alas del templo, que no deja indiferente a nadie. El programa aún continuaba por los pendellos de A Golada, la minería de Fontao y un pazo. Cuando nosotros de retorno por Rodeiro pasamos por ese magnífico pazo que es el de Trasulfe, el único de cinco escudos heráldicos, que se conserva, tal vez por estar dedicado a bodas y otro cualesquiera eventos. La Serra do Faro encima, salpicada de aerogeneradores, nos indicaba que a derecha casi se confunde con la de A Martiñá bajo la que se cobija Oseira y su antaño esplendorosa y monacal vida.