Opinión

Libérennos inmediatamente

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El presidente del Gobierno ya ha confirmado sus planes de prorrogar hasta el 9 de mayo el encierro de los españoles en un cuarto confinamiento y nada hace suponer que será el último periodo de las restricciones más estrictas en todo el entorno occidental para la movilidad de sus ciudadanos. La mayoría lo ha asumido con entereza, pero esta misma mayoría empieza a ser consciente de que este encierro sin fecha ni estrategia definida de final ha dejado de ser el mal menor y se ha convertido en un arma de destrucción masiva. 

Destrucción del tejido productivo y por tanto del empleo, dos dramas que tienen consecuencias en la economía de las familias, de las empresas y también en las cuentas públicas. Instituciones como el FMI o el Banco de España se han pronunciado sobre la catástrofe que está por venir. Cuanto más tiempo se prolonga el confinamiento más irreversible es el desastre. 

Destrucción de la salud de los españoles en términos de salud mental, física y también social, provocando crisis de convivencia, sobre todo en familias con niños y mayores que han quedado limitadas al reducido espacio de una vivienda, a veces un pequeño apartamento, o incluso una habitación. Y son las familias más vulnerables, a las que tanto se vanagloria de proteger el Ejecutivo, las perjudicadas. 

Cada vez más voces políticas y científicas están de acuerdo en que ha vencido el tiempo del confinamiento extremo, que por cierto no nos ha librado de la tragedia de ver morir a miles de ancianos (no sabemos cuántos porque ni eso hemos hecho bien). Para muchos de ellos ha supuesto el final más triste que se podría imaginar: aislados, sin el contacto afectivo de sus familiares y bajo la atención de un personal que se contagiaba y contagiaba a otros. 

Del mismo modo que desde las páginas de este periódico nos situamos en su momento en vanguardia reclamando el confinamiento inmediato para cerrar el paso a la pandemia, hoy consideramos de responsabilidad dar un paso al frente para reclamar planes y decisiones que finalicen de forma progresiva y segura, pero inmediata, este demoledor confinamiento. Prolongarlo es señal de cobardía política, de carencia de recursos, de ausencia de masa gris en el Gobierno más empoderado de la historia reciente, incapaz ya no solo de hacer autocrítica sino con la insolencia intolerable de intentar censurar las críticas que recibe de sus administrados. Ya basta de prepotencia y de mentiras. Dejen de obligarnos a un confinamiento perpetuo con multas a diestro y siniestro. ¿Quién les sanciona a ustedes cuando se equivocan? O cuando prometen ayuda a las empresas, pequeñas , medianas y grandes que nunca llegan. Porque esos avales bancarios de los que tanto presumen, ¿a quién protegen realmente, a los bancos o a las empresas y sus empleados?

 Salvado del colapso el sistema sanitario, ampliada su capacidad con instalaciones adicionales, es tiempo de abrir cuanto antes las puertas de las casas y de la libertad de movimiento de las personas, en un urgente, ordenado, paulatino pero valiente y decidido traspaso del confinamiento extremo al modo de distanciamiento social, con la recuperación escalonada de la normalidad acompañada de unas adecuadas pautas de comportamiento para una ciudadanía que, como se ha visto hasta ahora, está dispuesta a colaborar disciplinadamente con cuanto se le requiera. Es hora también de abrir la puerta de sectores económicos como el comercio, con limitaciones de aforo y distancias de seguridad, tal y como ya se hace en estancos, panaderías o quioscos, que nunca han cerrado durante esta crisis. 

La postergada implementación de test a toda la población y de medidas profilácticas como el uso de la mascarilla resultan imprescindibles e inaplazables. Fueron estas dos herramientas, los test y las mascarillas para los colectivos vulnerables, cuando no para toda la población, las que libraron a Corea del Sur de una invasión masiva del coronavirus. O a Alemania, que con un confinamiento que permitía salir a adultos y niños al aire libre y que ya ha empezado su transición hacia la normalidad, ha sufrido la cuarta parte de las víctimas mortales que España pese a casi duplicarnos en población Ahora al fin el Gobierno español, el mismo que dijo que las mascarillas no eran eficaces, aconseja su uso generalizado. ¿Por qué no antes? Sencillamente porque no podía garantizar el suministro a la población, del mismo modo que tampoco pudo garantizarlo ni a todos los profesionales de la sanidad ni a los cuerpos de seguridad del Estado, dos colectivos que sufrieron decenas de miles de contagios y probablemente mientras luchaban contra ella, expandieron la pandemia. ¿Por qué no han comenzado ya a realizarse los test masivos que han de darnos una visión aproximada de la verdadera magnitud y de la lucha definitiva contra la pandemia? Sencillamente porque quienes nos gobiernan no han sido capaces de gestionarlo todavía. Cuarenta días después, siguen sin ser capaces de garantizar el abastecimiento ni de mascarillas ni de test. Ya está bien de inoperancia, contradicciones y de trucos para ganar tiempo. 

El confinamiento es una medida extrema para una situación extrema, no la cura para la pandemia. Es hora de abrir las puertas. Niños y adultos necesitan aire libre para respirar y la economía española exige un inmediato, ordenado y seguro regreso a la normalidad.  Esto, lógicamente, exige un rigor que a la vista de lo ocurrido ayer brilla por su ausencia. La decisión sobre el confinamiento infantil comunicada ayer en el Consejo de Ministros fue una burla,  un nuevo intento de trampantojo que indignó a España entera y obligó al Gobierno a rectificar unas horas después. ¿De quién fue la ocurrencia de liberar a los niños, llevándolos precisamente allí donde se producen más aglomeraciones? Fallido juego de artificio para ganar unas semanas más. Un tiro en el pie. Porque mientras este Gobierno intenta ganar tiempo, pierden credibilidad y alejan a España de una salida lo más rápida posible del desastre. Lo dicho: libérennos ya.