Opinión

O llevaremos luto por nosotros

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O llevaremos luto por nosotros

La última comparecencia sabática de Pedro Sánchez trajo muchos anuncios, sin duda en un intento de evitar titulares relacionados con la metedura enorme de pata que supuso el “pacto con nocturnidad” con Bildu para derogar la reforma laboral. Anunció el presidente la entrada en vigor del salario mínimo vital, reveló cuándo comenzará la Liga de fútbol (¡!) y hasta sugirió que tal vez le dé por solicitar una ¡sexta! prórroga para el estado de alarma.

Y, entre tanta novedad, mientras los claxons enardecidos resonaban en el centro de Madrid, el inquilino de La Moncloa proclamó otra medida, que en la capital está ya vigente desde hace casi un mes: a partir de este martes, diez días de luto nacional por los ¿treinta mil?, ¿cincuenta mil?, muertos por la pandemia. Luego, en fecha por determinar, se hará un gran homenaje nacional a las víctimas del virus, la mayor parte de ellos nuestros mayores. Un acto que, menos mal, permitirá Sánchez que esté presidido por el rey.

En realidad, el país que era el más alegre del mundo lleva de luto muchas semanas. Luto por los conocidos que fallecieron -¿quién no tiene alguno?-, luto por nosotros mismos, y por eso me he permitido traer aquí una transformación del título del magnífico libro periodístico de Lapierre y Collins cuyo marco es, por cierto, la fiesta nacional, que nuestro vicepresidente del Gobierno quisiera dar también por fenecida.

Hay muchos motivos para ese luto por nosotros. No se nos ha sabido ilusionar con los “sangre, sudor, lágrimas” de los sábados a la hora del almuerzo. Ni el indudable esfuerzo de Sánchez y algunos (patentemente no todos) de sus ministros ha servido para cimentar una mayor confianza de la ciudadanía en sus representantes, que, cada vez que pueden, transgreden las más elementales leyes de la transparencia y de la verdad. No es el momento, pero aparecerán estudios muy completos de las cosas que, en este sentido, ha hecho y ha dejado de hacer nuestro Gobierno y de las renuncias e incapacidades de nuestra oposición: porque, por ejemplo, ¿cómo es posible que Pablo Casado, Casado, digo, y no otros segundos escalones del PP, no responda semanalmente a las provocaciones de Sánchez, provocaciones tan graves como culpar a “los populares” de haberle forzado, al dejarle en soledad, al pacto increíble con Bildu?

Y ahora viene, no entiendo por qué razón, lo de la quizá sexta prórroga. No existe ningún motivo para proponerla ni para considerarla conveniente ni prudente, cuando ya toda España estará en avanzadas fases de “desconfinamiento”. Y menos aún hay motivo para aceptar el chantaje de esas cuarenta medidas exigidas ahora por Quim Torra, cuya actuación en la pandemia ha revelado su absoluta nulidad como gobernante, a cambio del apoyo parlamentario para esa otra posible prórroga. No: son ya demasiadas las voces autorizadas, jurídicas, sanitarias y del sentido común que advierten que el estado de alarma, con ese absurdo toque de queda nocturno, ya no es sino una merma de nuestras libertades, tan zarandeadas.

Me sumaré, claro, a todos los homenajes a estos muertos, fallecidos a veces en condiciones que algún día, para hacerles cabal justicia, habrá que investigar y reparar a fondo. Yo llevo, y llevaré, la corbata negra que Sánchez (aún) no se pone, supongo que por algo tan profundo como que sí la llevan los políticos “de las derechas”; pero también la llevo para exigir que nos saquen de esta luctuosa situación en la que nos ha metido un virus y a la que nos encadenan otros, que no son virus aunque puedan resultar dañinos. Como suena.