Opinión

Tatuajes

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El otro día vi a un señor en televisión que decía tener tatuado el 90 % de su cuerpo. Hasta el blanco de sus ojos se teñía de rojo. Con todo respeto, más que un ser humano, aquello me recordó a un muro lleno de grafiti. El hombre, ya entrado en años, repasaba orgulloso su vida según sus tatuajes, contando historias de cada uno y el motivo que lo llevó a esculpirse la piel. 
Yo veía el reportaje y pensaba qué ocurriría si, además de por fuera, pudiésemos tatuarnos el cuerpo por dentro, en el corazón, por ejemplo, y escribir allí frases de amor y desamor; o en el hígado, recordando una borrachera en la que el mareo llevo tu cráneo al asfalto, e incluso grabar en el interior de regiones anatómicas más pudorosas, para dejar constancia de nuestras ocultas experiencias de alcoba.

Tatuarse es hacer un contrato con la piel. Ya nada volverá a ser como antes. Es como el matrimonio: si decides separarte, la marca, más o menos visible, siempre queda ahí, y ya te pueden echar cremas o hacerte injertos que nada. 

Es una decisión muy importante. Tunear el cuerpo no es gratis, ni económica y psicológicamente. Pero como esto va de modas, quizás pronto haya tintas que pongan la piel transparente, lo cual tendría su importancia médica: ver a simple vista cómo funcionan el páncreas o el riñón no es moco de pavo.

Ahora bien, lo que es innegable es que hemos avanzado mucho desde el ancla de Popeye. Hoy la cosa va desde personas-anuncio, que no dejan un resquicio de piel original, hasta otras que se tatúan minúsculos símbolos en zonas de acceso restringido. Para gustos…

Pero volviendo al hombre del 90 %. Me preocupa pensar qué hará cuando llegue al 100 %... Quizás decida tatuarse el interior de sus orificios corporales, como los de Altamira. Así, si algún día le toca autopsia, al menos habrá dejado mensajes para el forense. Y no digamos nada si esos grabados tienen calidad artística o revelan mensajes apocalípticos. ¡Entonces sería la leche!: pondrían esos cachos de piel en atmósfera controlada, organizarían conferencias y se los cederían a Iker Jiménez para su tour del misterio. La exposición podríamos llamarla “Tatuajes del más allá” o, mismamente, “Los faraones del siglo XXI”, para que alma y tattoo trasciendan juntos.