Opinión

Antropoceno personal

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Antropoceno personal

Una angustiosa pesadilla había torturado al viejo milenario, incapaz de dominar el miedo que le producía la concordancia entre lo onírico y lo ¿real? La batalla entre el bien y el mal ha subyugado a la especie humana desde los tiempos del Holoceno más remoto y ha quedado grabada en la memoria genética de la especie dominante. El anciano, a pesar de haber vivido milenios, no dejaba de ser polvo estelar que sufría terriblemente las consecuencias de una ignorancia insuperable, acrecentada por la soledad del confinamiento voluntario al que se había sometido. Había dudado al valorar las consecuencias que su acción producía en los que compartían sus tiempos de ocio. Y lo más grave es que era consciente de la cobardía que escondía su decisión.
 

¿Soledad? Más de quinientos guerreros con sus jefes y artilugios bélicos compartían con él los recuerdos de mil aventuras vividas a lo largo de sus viajes por el mundo. Más de cincuenta países visitados, anécdotas, conflictos, hambre, miseria, hospitalidad, cultura, templos, palacios, catedrales, museos, inquietudes, alegrías, frío, calor… todo brotaba en su memoria, sin duda había vivido. Se había bañado en el mar Muerto. Había subido de un tirón una sofocante cuesta de la muralla china. Había visitado los países del llamado telón de acero en compañía de su amigo y camarada Paco: la Yugoeslavia de Tito, la Rumanía de Ceausescu, la Hungría de Jeno Fock… Había quedado “ciego” ante la realidad del llamado “socialismo real”. Durmiendo en el coche adaptando la parte posterior a un incómodo dormitorio llegó hasta el mar Negro. Aseándose en el río Danubio. Comprobó en Palestina e Israel la terrible realidad del odio entre dos pueblos y fue testigo de la marginalidad de los palestinos y de la violencia sionista representada por el Muro de la Vergüenza. Recorrió Jordania y admiró la belleza incomparable de Petra. Estuvo en la frontera de Iraq cuando EEUU bombardeó el país. Recorrió Siria y admiró su inmensa cultura y las ciudades de Palmira y Alepo, quedando deslumbrado de su inmenso zoco de varios intrincados kilómetros de longitud… Fueron muchos los lugares de todo el mundo de los que guarda una interesante colección de ajedreces. Pero de todas ellas resalta la visita a Etiopía, donde la miseria convive con la riqueza en un alarde de provocación que produce repugnancia. Tal vez un día pueda dedicarle un artículo a las “joyas” que más impresión dejaron en su vida. 

 El Cosmos no ha superado, quizás no lo haga nunca, las consecuencias de la rebelión de Satán contra la energía creadora de una materia victoriosa por millonésimas de micrómetro. La entropía reina del universo; el caos organizado garantía de armonía. El Big Bang, el comienzo del nuevo final de la “N” dimensión. La evolución de la energía y su transformación en materia, la derrota de la antimateria. Los ángeles combaten, la victoria de la luz, el nacimiento de los agujeros negros, infierno de Satanás y de sus ángeles malditos. Las fuerzas del mal engullen la vida inmaterial de la creación. En China se habla de una época, durante la dinastía Hsia ( 2205 a 1782 a.C.) en el que nuestro entorno cósmico varió súbitamente: ¡aparecieron diez soles en el cielo! El mundo estaba en peligro. Han pasado casi cuatro mil años desde que se formuló esa leyenda. Entramos en el Antropoceno, que se define por el impacto del hombre en el planeta, territorio desconocido donde los virus representan el peligro nacido de la mano del hombre, las enfermedades neurológicas anulan la voluntad y esclavizan los sentimientos. El egoísmo, la ambición, la injusticia y el miedo se adueñan de los corazones. El refugio ante el caos incontrolado está en el interior de cada uno. Observar y meditar es el único camino que nos conduce al equilibrio del espíritu y la materia.