Opinión

La muñeca de oro

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La muñeca de oro

En la caja de juguetes del “niño emperador” había gran cantidad de muñecos, entre todos ellos destacaba por su belleza una muñequita aparentemente frágil y seductora. Su amo y señor solía jugar con ella seleccionándola sobre todas las demás. Él la llamaba “mi muñeca de oro”. Era tal su dependencia que solía acompañarle a cualquier territorio, país o ciudad a los que por distintas razones tenían que desplazarse sus padres. Lo dramático era que para el rico propietario de tan “preciado tesoro” se había desarrollado una dependencia enfermiza. 

Pasaron los años y el niño se hizo adulto, fue asumiendo responsabilidades, se hizo popular, ambicioso y muy narcisista. Con esas cualidades y después de una larga meditación, decidió meterse en política. Fundó un partido y se le ocurrió la descabellada idea de convertir la muñeca de su infancia en la colíder de la nueva organización política. Para ello hizo un casting tratando de humanizar el ideal de mujer que representaba la figura de cartón-piedra que tantos sueños le había proporcionado. Al casting acudieron cientos de jóvenes atraídas por la fama, el dinero y sobre todo por el poder. Todas fueron rechazadas, unas por ser demasiado gruesas, otras por su excesiva delgadez, otras por su torpeza en el lenguaje, la mayoría por su simpleza; fue tal la exigencia del joven líder, que llegó a rechazar alguna por el color de sus ojos. Cuando creía que su sueño nunca sería realidad, despidió a todas las aspirantes y abandonó el despacho de su suntuosa mansión enfrascado en pensamientos derrotistas. Cogió su coche y empezó a recorrer las calles de la populosa ciudad en la que había asentado su residencia. De pronto, como surgida de la nada, apareció ella. Morena, menuda, de ojos oscuros, cabello largo, cuello de cisne y una sonrisa abierta y seductora. Detuvo su vehículo, se apeó y con paso firme se acercó y la abordó. 

El tiempo trascurrió a una velocidad de vértigo. La joven cautivó a miles de ciudadanos, su frágil figura se trasmutaba en una leona de afiladas garras cuando arengaba a los hipnotizados electores, con tesón llegó a alcanzar la victoria en su hostil territorio. Sus éxitos fueron tales que eclipsaron el liderazgo de su protector. Este, celoso y temeroso, urdió un maquiavélico plan para controlar a su pupila sin dañar su influencia en las mentes de sus alienados seguidores. Su nula gestión en triunfo electoral la obligó a abandonar su caudillaje artificialmente concebido para frenar las ansias expansionistas de sus adversarios políticos. Su nuevo rol la convirtió en el dóberman de su organización; de su angelical boca salieron insultos, mentiras y descalificaciones. Escenificó actos truculentos con el fin de provocar el odio y el enfrentamiento. Su agresividad no tenía límites en el deseo desenfrenado de anular a sus adversarios.

Sus apoyos empezaron a abandonarla, sus fieles dudaron de su cualificación, sus mentiras y contradicciones pusieron en evidencia la artificialidad de sus propuestas. Todo hacía prever el final de una historia de ambición sin límites; el “jefe” empezó a percibir el desgaste de su obra. Pero ya era tarde, la “muñeca de oro” se había convertido en la “muñeca diabólica” y el “jefe” en una caricatura de fallido hombre de Estado.

Conclusión: por sus obras los conoceréis, fíjate a quién te arrimas.