Opinión

¿Dónde vamos?

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¿Dónde vamos?

Está claro y lo tenemos en los primeros gestos del nuevo presidente de EEUU, en los que todo tiene que cambiar. Cierto que habló democráticamente, lo dijo con sinceridad. Los acontecimientos que suceden en su mismo país, y no digamos en el resto del mundo occidental, van un una dirección contraria a su buena voluntad. Dos ejemplos: las leyes aprobadas en Hungría para volver al mundo con los valores que teníamos hace una década, o los que reafirma el Foro de Davos, esta vez virtual, al que asistió nuestro presidente, que conduce a una cuasi desaparición del dinero, las empresas pequeñas, la disminución del poder adquisitivo de los más pobres y el auge de otros valores entre los que la religión y la familia tienen que desaparecer.

Quiero pensar como Karl Popper en la conferencia pronunciada en Sevilla en 1992: “Cada nación era ‘una casa dividida contra sí misma’ (cfr. Mc 3, 25) y tremendamente amenazada desde el exterior. Pero estas casas, estas sociedades, podían resistir y resistieron; eran sociedades abiertas. Sin embargo, fue la casa más sólida y estrechamente unida, que permanecía aferrada por cadenas de hierro, la que se quebró estallando en mil pedazos. De esta forma, las sociedades abiertas han ganado y el Imperio soviético ha perdido”. Un gran intelectual que en su Austria natal, a los 14 años, en el Partido Comunista, que viendo lo que sucedió desde su creación y tras el Pacto de Stalin con Hitler lo abandonó, y dijo: “La teoría marxista, la ideología marxista era quizá bastante clara, pero contradecía los hechos de la historia y de la vida social. Era una teoría absolutamente falsa y absolutamente pretenciosa”.  Continúa: “Ciertamente, la sociedad austriaca me disgustaba, porque veía en ella pobreza, desempleo, hambre y una inflación galopante, en la que proliferaban los especuladores… Sin embargo, me desazonaba la intención obvia del partido de excitar a sus seguidores con instintos asesinos contra ‘el enemigo de clase’. Me dijeron que eso era necesario… y que en la Revolución sólo era importante la victoria, ya que cada día el número de trabajadores que moría a causa del capitalismo era mayor que las víctimas que acarrearía. Era evidente que lo que decían un día se contradecía al siguiente”.