Opinión

Amputar sin anestesia

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Amputar sin anestesia

Martes, 12 de enero

Hacía tiempo que no nos reuníamos y por fin tuvimos una minitertulia. Todo derivó sobre la política local.

Y mira tú, yo conté como una anécdota, querido alcalde, nuestra conversación de aquella tarde en un local del centro de la ciudad, el Frade. Bueno, más bien fue una propuesta. Estábamos alegres, nos habíamos empujado un buen vino de Monterrei. Te rodeaban tres de los tuyos y de pronto se hizo un silencio, me miraste y me espetaste justo esta frase: “Jaime, voy a ser el alcalde de la ciudad y quiero que tú seas mi asesor en cultura”. Quedé muy sorprendido. Cierto, habíamos tenido buena relación, te había dado algunas clases de literatura y estilo en escritura. Buen alumno, aprendiste rápido y fuiste generoso conmigo. A estas alturas espero que no te importe que lo cuente, al fin no es más que una anécdota en tu largo camino hacia la gloria. Recuerdo nuestras clases en tu negocio. La mesa llena de libros de autoayuda, parecía que tenías todos los del mundo; entrenabas cada día casi como un atleta profesional, poseías la astucia del mercader por tus negocios musicales. Y un púlpito: tu cadena de televisión. “Estoy muy bien situado en la línea de salida, Jaime. Voy a ganar”.

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Por supuesto, en mi vida he tenido alguna que otra oferta política pero siempre tuve clara la cita de Camus: “El poder cambia a la persona”. Ay, qué barbaridad, afirman los psiquiatras que es un placer más poderoso que el sexo. En el prólogo de un libro mío, Haro Ibars escribió: “Todos los que nos quieren mandar son sospechosos”.

Fiel a mi estilo decidí: es mejor estar a este lado, observando y vigilante de quienes nos mandan.

Pero te cuento, hubo una cierta discusión en la tertulia. Alguien me dijo: “Debiste aceptar, desde dentro puedes hacer cosas y golpear”. No convenció. Entonces fue cuando el pintor y el profesor me dieron un recado para ti, alcalde. El profesor me dijo: “Supongo que si estuvieras entre esa tropa te partirías la cara con quien fuese por evitar el inminente desalojo de nuestro Museo de la calle Lepanto”. Saltó el tema de la cultura. Alguien concluyó: “Es el punto más débil de Jácome”. Es bien cierto que en medio de esta fiebre utilitarista, la cultura es la más fea del baile. Los tertulianos parecieron excitarse: “¿Cómo es posible si la cultura es la que nos hace crecer como seres humanos? Quiere demolerla”. Añadieron: “Saber más para ser mejor y ahuyentar los miedos”. El psiquiatra dio su definición certera: “Sirve para relacionarnos de una manera inteligente y generosa con los demás”. Yo aporté una cita de mi amado Machado: “Sirve para despertar al dormido y avivar al despierto”. Estábamos cabreados. Concluimos lo importante que es ante la ingente ola de barbarie que nos acosa.

Que no se me vaya la olla. He de ser concreto con el recado de los míos, los artistas, escritores y gente que ama los libros. Cielo santo, dicen que vas a cambiar nuestro hermoso Museo de la calle Lepanto para convertirlo en tristes oficinas sin alma. ¿Cómo puede ser, alcalde? Allí está la historia de la ciudad. Han pasado los mejores artistas. Piénsalo bien, es como borrar nuestra memoria. Ya sé, alcalde, me dirás despectivo: “Apenas va gente a los museos”. Ay, ese sería mi trabajo si hubiese aceptado tu oferta. En primer lugar, una poda sabia y consciente, desalojar algunas telarañas. Llenarlo de feeling con recitales poéticos, jam sessions, conciertos acústicos, payasos, ilusionistas, maestros que enseñen a mirar un cuadro, la posición de la mano, el color, la estética, veladas de blues, enseñanza de guiones y textos. Mira a tu alrededor, alcalde, los jóvenes de la ciudad buscan acción y maestros que les ayuden a crecer.

(Ayer caminé por el Museo y salí conmovido. Desolado por su devenir. Alcalde, te invito a que entres, dejes en el guardarropa tu mirada de mercader, limpies los ojos y mires alrededor la belleza con tu mirada de niño. Después, reflexiona. Te darás cuenta de que amputas algo así como un miembro; hurtas un puñado de alma de esta ciudad infeliz.

Por cierto que el tertuliano pintor me dio un recado para ti, que recuerdes la canción “Dieron las diez” de Sabina, donde cuenta que fue a un lugar que amaba y: “Me encontré una sucursal del Banco Hispanoamericano./ Tu memoria vengué a pedradas contra los cristales”. Si sucede tal, nos juramentamos que llenaríamos nuestras mochilas de piedras.

Y recuerda, alcalde, amigo: deja huella, no dejes cicatrices.)

Miércoles, 13 de enero

Una lástima, se aplazó el foro que iba a dar Santiago Auserón, todo un histórico. Fundador de Radio Futura, aquel grupo que iluminó la década de los ochenta. Conocí a Santiago en sus comienzos, más quizás a su hermano Luis. Mejor no contar alguna de nuestras movidas clandestinas. Cómo es la vida, lanzaron aquel disco “Música moderna” justo cuando la movida madrileña comenzaba con fuerza. Pero ni a Santiago ni a ninguno de la banda se le puede mentar aquella canción, “Enamorado de la moda juvenil”. Mira tú que fue de las más escuchadas de la década, pero la canción ha sido realmente maldita. Todos renegaron de ella y de su estilo. Nunca la volvieron a grabar ni a tocar en directo. Después, la banda se fue haciendo más latina, hubo líos judiciales y Santi Auserón se convirtió en Juan Perro. Quiero hablarte de él y de nuestras conversaciones; un hombre culto, licenciado en Filosofía, muy atento a la vida. Estos días acaba de sacar su disco libro “Cantos de ultramar”. Pero en los medios, más que de su obra, reflexiona sobre su generación y los tiempos que vivimos. Afirma que los que hemos nacido en el franquismo estábamos esperanzados y hablábamos del porvenir. Acierta cuando dice que los músicos de la movida lograron alejarse de los folclores enquistados con que habían nacido. “Ahora vivimos tiempos atroces, hemos dejado el porvenir en manos de la plutocracia. Las decisiones están en manos de los ricos y nos dan las noticias como alpiste para animales enjaulados”. Ay, cierto, asistimos pasivamente a la renuncia de nuestra condición humana.