Opinión

Fin de año en Tánger

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Fin de año en Tánger

Ayer la tertulia estuvo muy animada. Cada uno contó dónde había pasado su mejor fin de año. Pues, te cuento, hermano lector, mi más feliz fin de año. Cómo se caen las hojas del tiempo.

Te cuento, hermano, de aquel lejano 1972 cuando mandaba el general y en las calles había palos, grises y carreras. Vivíamos una lenta vida idiota.

Mira tú, el 31 de diciembre de 1972 había dado yo con mis huesos en Tánger. Nos lio para el viaje uno de los llamados poetas malditos que entonces fascinaban a su generación. Qué radical y demoledor poeta era Eduardo Haro Ibars. Qué arrebatado y límite. Todo surgió en el café Lyon, allá frente al edificio de Correos de Madrid. Ah, entonces vivíamos en los cafés.

Eduardo era hijo de aquel escritor y columnista de El País, Haro Tecglen, hoy extrañamente olvidado. Leíamos la columna de Tecglen con devoción. Años atrás había dirigido el periódico España, editado en Tánger. Su hijo Eduardo creció en la perla del Estrecho, rodeado de aquella generación “beat”. Por allí pasó todo el mundo, desde Truman Capote a William Burroughs. Su destino era inevitable, ser poeta.

Conque allí estábamos en el café Lyon. Veo ahora a Carlos Oroza silencioso y otros dos amantes de la literatura en nuestra mesa. Ibars propuso que los cuatro huyéramos de aquel Madrid herido de los setenta hacia su Tánger amado. Cómo nos excitó a todos la idea. Oroza, para nosotros el gran maestro y el maldito oficial del foro, miró el poso del café y bendijo el viaje: “Venga, todos a buscarse la vida por ahí. Cada uno que traiga billetes”. Cierto que en el arte del sablazo el viejo poeta era un maestro. Recuerdo, hará cinco años me encontré con el pintor Antón Lamazares y le pregunté por el poeta: “No me hables de Oroza, huyo despavorido de él. Mira tú, andaba tieso por Vigo como todos los poetas y yo le di un cuadro bestial. Va él y unas horas después lo vende por una miseria…” Bueno, una anécdota más en la larga vida del mejor poeta oral. Nadie recitó como él. Su poema “Malú” todavía nos persigue.

Conque allá íbamos en aquel jodido barco lento, viejo, balanceándose hasta el límite. Qué tortura. Durante la travesía, Eduardo no cesó de hablarnos del hotel Fuentes: “Allí, de la mano de mi padre, conocí a Paul Bowles. Ojalá esté abierto”. Por fin divisamos la hechizante ciudad de la que Pierre Loti dijo: “Contempladla, cómo mira a Europa tal una vedette provocativa”. 

Ya estamos en el puerto. Qué alborozo cuando el taxista dijo: “Sí, sí, en un pispás los llevo al hotel Fuentes”. El taxista, muy hablador y obsequioso, al ver nuestra pinta dijo: “Van ustedes a buen sitio. Hasta Brian Jones, de los Stones, se hospedó allí”. Pero cuando llegamos ya no era el gran hotel, sino una humilde pensión para aventureros. El recepcionista, ya anciano, enseguida nos largó: “Soy Adib, estoy a su servicio, les puedo proporcionar cualquier cosa, hasta lo imposible. Buen kif… ”. Yo le dije: “¿Me puede dar la habitación que ocupa Jean Gennet cuando viene?” Creo que me mintió, pero me dijo muy seguro “la 215”. Claro que sí, el cabrón de Adib podía proporcionarte de todo. Cuando subí en el desvencijado ascensor, me acompañaba un inglés baboso de la mano de un adolescente. No es nada extraño, en esos años rondaban por allí todos los bichos raros y viciosos de Europa.

Pasamos allí tal vez una semana. Créeme, hermano lector, por más que lo intento sólo tengo imágenes borrosas de esos días. La foto del rey Hassan, la voz grave del almuecín y los cafés. Ay, fiel a nuestro estilo madrileño, no salíamos del Café de París tan caro, donde casi quedamos tiesos. Ni del Hafa Café que cantó Aute: “El Hafa, en la colina,/ miraba, a lo lejos, el mar”.

(Creo que conocimos todos los tugurios de Tánger. De esto sí me acuerdo. He de contarlo, llevamos unas buenas hostias en un antro. Resulta que tenían en la pared la foto de Abd el-Krim, un viejo fusil y en una vitrina unas balas usadas. Era un local muy patriótico y antiespañol. Recuerde el lector, Abd el-Krim fue el líder del Rif, el que nos infligió la más vergonzosa derrota en Annual. En el 72 todavía no habíamos entregado el Sáhara Occidental y había un ambiente convulso en todo Marruecos. Al oírnos hablar en español enseguida nos gritaron: “Iros del Sáhara y entregadnos de una vez Ceuta y Melilla”. Eduardo, muy fumado, empezó a decir: “¡Viva la Legión!”, y cosas así. Créeme lector, no sé cómo salvamos el pellejo.

Debimos perder la baraka en aquel antro. Encima nos desplumaron del todo y nos dejaron tiesos en un callejón en aquel enero del 72 en Tánger. Por fin resolvimos. Allá nos fuimos al zoco chico. Extendimos en el suelo nuestros relojes, mecheros y alguna cadena. Pero los nativos sólo querían: “Yo comprar pasaporte, pasaporte español”. Oroza dijo: “Echamos a suertes. Ya nos arreglaremos”. Allí quedó el pasaporte de Eduardo.).