Opinión

Luz en la casa del cabo

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Luz en la casa del cabo

Martes, 5 de enero

Escribí dos o tres veces sobre Piedad y Carmen, esa madre e hija, una estampa extraña en la ciudad. Seguro, las has visto. Sabes, su madre falleció y ahora queda ella con su maleta y sus bolsos, y sin refugio. No entiendo qué pasa pero nadie le ha tendido una mano. Anteayer hacía un frío glacial, de pronto miro y allí está Carmen en su sitio habitual al fondo de la plazuela de Padre Feijoo. ¿Cómo es posible que continúe ella así? Cómo te diría, hermano, hermana, impávida, solitaria. Eran como "El grito" de Munch. Pasa a mi lado una mujer enlutada, me dice “esta mujer va a morir congelada” pero apura el paso y se va. Como yo.

Propongo que si amanece congelada no la toquemos, la dejemos allí, como la escultura de "La lechera" o del "Carrabouxo". Sí, sí, podría ponerse en letras de bronce "La lágrima". Sí, un monumento al ser humano.

Aprovechémosla si fallece. Allí, helada en su plaza atraería el turismo, la prensa y las televisiones de todo el mundo recogerían imágenes. Se podría presentar como una obra de arte insólita. Cierto, sin duda vendrían autocares llenos de turistas, filas extensas de japoneses que la fotografiarían sin interrupción. Ourense figuraría en lugares preferentes para los "tours operators". Una buena campaña en los medios “Visita Ourense, la ciudad sin compasión”. Además tendríamos un turismo muy especial de fulanos sádicos, masoquistas, turbios personajes. Podrían exponerse los instrumentos de tortura de la Santa Inquisición de Toledo: la garrucha, la pera y la más terrible, la doncella de hierro. Seamos pragmáticos: ahora que el mundo carece de valores y estamos desquiciados, eso de la generación Nós no vende nada en estos tiempos cretinizados en que la cultura es una antigualla. No tengas pena, es cruel pero los que mueren de frío se van adormeciendo lentamente. Ourense también podría ser la capital de la eutanasia, qué mejor oferta para el que quiere partir que sentarse al lado de ella en un día frío como hoy.

Miércoles, 6 de enero

“Feliz año nuevo” me han dicho tres o cuatro personas en la calle. Recuerdo que cuando caminaba con Carlos Oroza en Madrid solíamos saludar con esta frase “Hazme el favor de ser feliz”.

Esto de la felicidad es muy complicado. Leí en algún sitio que el poderoso Abderramán III, califa de Córdoba que construyó extensos jardines llenos de fuentes; que tuvo centenares de concubinas, bebió todos los elixires y se adormeció con el hachís mientras las bailarinas se contoneaban para él. Gran guerrero. Obtuvo victorias, construyó castillos, asaltó las murallas de Zaragoza. Cada día, después de la última oración al profeta, escribía su diario. Cuando falleció y sus hijos abrieron sus escritos, leyeron muy sorprendidos el final “En mis setenta años sólo fui feliz catorce días”.

Ay, el rey Jerjes de Persia también persiguió la felicidad. Cuentan que fue uno de los reyes más poderos de la historia. Que era excesivo, esclavista y sin piedad. Que después de las batallas buscaba todo tipo de placeres. Los atenienses le llamaban "El degenerado". Arramplaba con todo por donde pasaba, y allí “no crecía de nuevo la hierba”. En la batalla de las Termópilas arrasó con el ejército griego y colgó de una pica la cabeza de Leónidas. Se creía un dios y cuando se interponía un río para pasar sus tropas, ordenaba que le diesen trescientos latigazos a las aguas y después añadía “pasaremos a pesar de ti”.

Ya mayor, decía que había agotado todos los placeres. Decidió mandar mensajeros a todos los territorios: “recompensaré y llenaré de regalos a quien me descubra un placer nuevo y me haga feliz”.

(Me invaden los recuerdos. Allá en los ochenta me uní en Amsterdam a una expedición a Katmandú. Aún recuerdo aquel Commer tan resistente. Ay, veo ahora los seis pasajeros y me conmuevo. Pero te cuento. Me asombró aquel hombre santo con su austera túnica, se detuvo ante la casa para recitar una plegaria y añadió al final algo así como “la felicidad está en no desear”. Después, alguien llenó de arroz su cuenco metálico que siempre llevaba atado a la cintura).

Jueves, 7 de enero

Cuídate si eres jubilado, si estás en eso que llaman la tercera edad. Recuerda aquella hermosa palabra “vélate, hermano, vélate”. No entiendo cómo pasó tan desapercibida la tremenda frase de Christine Lagarde, presidenta del Banco Central Europeo y exdirectora del FMI. Va la fulana y dice con naturalidad a la prensa “Los mayores son el problema para la economía global. Y hay que hacer algo. Ya”. No, no habló de cambiar nuestra desquiciada forma de vivir. “¿No te da mala espina si eres hijo de la mitad del siglo pasado? ¿No te recuerdan las estrellas pálidas en las solapas…?”

Recuerda al clásico “Cumple tener buen tino para caminar la jornada sin errar”.

Viernes, 8 de enero

Busco en mi memoria mis navidades más felices. Íbamos mis padres y yo a la aldea a pasar esos días con mis abuelos, a Arzádegos. Los coches llegaban con muchas dificultades al pueblo. Nada más llegar disfrutaba un montón al ver el comercio de mi abuelo, aquel olor especial, aquellos candiles de carburo. Y aquel brujuleo de contrabandistas. Era el día 24, de la "lareira" salía un olor a cabrito asado y a roscones, mi abuelo dirigía la operación con ojo avizor. El comercio atestado de mozos silenciosos, yo pegado a mi abuelo, los mozos en la trastienda van colocando a su espalda un pesado bulto. Allí sentí la tensión del contrabandista. Vi como a un mozo le llenaban el bulto de papeles y serrín. Yo le miraba sorprendido y mi abuelo decía “Aprende, nieto, cómo se engaña a los guardias”. Pues, créeme, hermano lector y lectora, con mis diez años intervine en aquella movida clandestina. Mi abuelo comentó “Jaimito, corre y mira si hay luz en la casa del cabo”. Cumplí mi misión. Entonces, fueron saliendo los mozos con paso legionario para llegar al otro lado de la "raia".