Opinión

La palmada que fue una orden

Opinión

La palmada que fue una orden

Martes, 8 de diciembre 

Un día como hoy de hace justo cuarenta años escribí entristecido un poema en la servilleta de un café “Se estrellaron en el suelo las gafas redondas del hermano John”. Dudé en escribir "ensangrentadas" o "redondas". Me decidí por "redondas". Eran las gafas que usaba John, tan humildes que las daba la seguridad social inglesa y definían su persona.

Hermano lector, hoy es 8 de diciembre de 2020. Me invade la melancolía de un adolescente. Estoy solo en mi habitación y escucho su voz herida mientras desgrana los versos inocentes de "Imagine". Qué más da que no sea su mejor composición; tardó sólo dos horas al lado de Yoko Ono en componerla, allá en 1971 cuando Vietnam ardía; los jóvenes americanos quemaban en las calles sus tarjetas de reclutamiento y Nixon a toda costa quería largarlo a Inglaterra y prohibirle vivir en USA.

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Un día como hoy, 8 de diciembre de 1980, llovía sobre Madrid cuando estalló la noticia y por las mejillas de mi generación resbalaron lágrimas rodantes. Permíteme recordarlo, hermano: aquel cabrón de mirada tosca apretó cinco veces el gatillo de su revólver calibre 38. Después, el fulano esperó tranquilo a la policía “perdonen la molestia, no pude resistirme a la fama que tendré ahora”. Cinco disparos que horrorizaron al mundo. Allí, a la puerta del edificio Dakota murieron los sueños, la inocencia y un hombre que nos enseñó a amar la paz, a no rendirse. Ay, también finalizó la esperanza de que los legendarios Beatles volvieran a reunirse.

Pero te cuento de aquel día fatal de 1980. Éramos una generación impaciente, impetuosa, irreverente, que había comprendido su mensaje de rebeldía tenaz y comprometida. Ah, a veces suceden convocatorias extrañas y aquella tarde, como si sintiéramos una llamada de los hados nos fuimos reuniendo en el piso de nuestra editorial "La banda de Moebius", allá en la calle Limón en pleno barrio de Malasaña. Todos estábamos en silencio en medio de un estupor colectivo. Entonces, el combativo editor Juan Luis Recio nos miró lentamente a cada uno y dio una palmada que sonó como una orden irrevocable “Tenemos que hacer algo, estamos en deuda”. Así nació la idea de un libro homenaje. No fue un libro al uso, Juan Luis matizó “Un desafío, tendrá que estar en la calle en poco más de cuarenta y ocho horas. Tomad cada uno un folio o una lámina o lo que sea y escribid”. Enseguida alguien al teléfono contactó con escritores, dibujantes y músicos de Madrid. Vaya follón, pasarían un par de horas y el timbre de la puerta de la editorial no cesó de sonar. El primero en llegar fue Luis Eduardo Aute. Aún veo ahora su gesto desvalido “Tomad mi poema, el taxi me espera”. Inevitable, pronto llegó el más maldito de la ciudad, Eduardo Haro Ibars. Tomó un folio y se puso a escribir en una esquina. No podía ser de otra forma, Eduardo con su voz cavernosa aulló “Juan Luis, estamos secos, sé lo que guardas en la nevera”. Sí señor, el editor se estiró con una botella de ron de su tierra canaria que tenía muy reservada para no sé quién. Te juro, hermano, que esa tarde y la siguiente no faltó nadie a la cita. Llegó Pepe Burning amparado más que nunca en sus gafas negras, Ceesepe con su ilustración alada. De los últimos en llegar fue Miguel Ríos, que cuando iba a entregar su poema dudó un poco y añadió a lápiz el verso final “los buenos mueren antes”. Allí estaba el tímido Carlos Bloch, los inolvidables Eduardo Bronchalo y Moncho Alpuente, y hasta Glutamato Ye-ye… En tres escasos días ya se distribuía el libro en las librerías. La editorial tenía un equipo de universitarios que con una especie de maletín salían al atardecer a cafés, tugurios y locales de rock a vender los libros que editaban, qué buenos tiempos.

(Ayer me llamó alguien cercano a la editorial y me recordó sonriente “Tú, Jaime, presionaste para que tu poema fuese el primero”. Pequeñas vanidades, así fue, lo confieso avergonzado.

Ay, John Lennon, no quiero yo lagrimear victimista. No todo fue amor y paz. Autocrítico, admitió sincero sus frecuentes maltratos a Cynthia, su primera mujer. Supo hacer su catarsis. Al lado de Yoko Ono combatió sin tregua por los valores feministas.

Los futurólogos afirman que vendrán tiempos amnésicos así que no está de más recordarlo. Nació en 1940 cuando las bombas nazis caían sobre Inglaterra. Su infancia fue cruel, su padre lo abandonó, su madre murió atropellada y fue criado por Mimi Smith, su tía que nada convencida le compró su primera guitarra. Su generación ahora lavamos nuestras culpas ayudando a las ONGs a que hagan pozos allá en la desértica India. Pero ayer nos brillaron los ojos. Allí estaba Yoko, en las calles de Nueva York aullando contra este mundo armado hasta los dientes. Pero te cuento, hermano, parece que el mundo está en liquidación. No hará una semana que el disco que John firmó a su asesino a la puerta del edificio Dakota se vendió por algo más de medio millón de dólares. No quiero ni imaginar que irán a las cuentas bancarias de su ejecutor, que lucha terco y obstinado por esquivar su destino).

Homenaje a John Lennon, editorial "La banda de moebius", 1980.

“entonces, buscaron en los espejos rotos de sus gafas redondas / 
y no había residuos de aquel sueño puteado a una generación- /
Reagan hociqueaba con sus dientesmissiles apretados / 
triturando notas dispersas de "dad una oportunidad a la paz" / 
No disturb / 
cresta del dolor /
alta reunión (ejecutivos de la Warner Brothers computaputean en dólares la inversión gratis de tu fin de viaje en la charca de los ochenta /
alas de la radio traen súbita fiebre esta mañana / 
y anónimo muchacho que pena en oficina cambia su bocadillo de las once / 
por escuchar insistente Imagine en la vieja moviola del bar / 
ya borraron con nubes tu gesto indómito de misterioso dolor y de sueño cancelado /
one , two, three / 
ya da la entrada Keith Moon luminoso / 
angelesfans te arrojan estrellas y colores del arco iris / 
es tu primer concierto / 
en el escenario definitivamente extendido de flores”.