Opinión

Rumbo al pasado

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Rumbo al pasado

Nuestra tertulia estuvo ayer inquietante. Los contertulios estaban alterados. Quizás la cercanía de la Navidad los pone agresivos. Hasta uno, el más hablador, nos observaba con la mirada del enemigo.

Hermano lector, ya sabes, somos seis, a veces alguno más. Nos reunimos sin excusa una vez a la semana. A veces para hacerle un traje a alguien del mundo literario. Otras para hacernos las grandes preguntas. Otras para recitar a un grande. En ocasiones saltan chispas. No hace tanto, el profesor cogió de la solapa a uno de nosotros retándole para un duelo.

Hay momentos, como ayer, en que guardamos todos un silencio largo. De pronto, el profesor nos mira reflexivo de uno en uno. Ay, cuando se pone así suele acertar. Va y nos espeta: “Estáis mayores”. Suelta una carcajada y añade: “El clásico dijo que envejecer es quedarse en casa”.

La verdad, nos hizo daño lo que dijo. Añadió muy bajo, como si nos diese una receta para la salvación: “Llevamos muchas tertulias despotricando y tenemos la cabeza llena de telarañas. Estoy seguro que es el momento justo de hacer un viaje iniciático juntos. Y de paso, huir de los villancicos, las películas de romanos y el esperpéntico desfile de los Reyes Magos”.Como un relámpago, interviene el psiquiatra: “Qué dices, hombre. Un viaje, si no hay a dónde ir. A donde vayas escucharás la misma canción. Y por mucho que camines, si llevas tu herida dentro, no arreglas nada”.

Arremete el profesor: “No estoy de acuerdo. El viaje nos sacudirá los malos hados que nos habitan. Yo hablo de un viaje iniciático, creedme, vivir en Ourense da una extraña melancolía. Decía Risco, hombre muy viajado, que Ourense es uno de esos lugares de los que siempre cuesta irse. Como si los brazos sagrados de Calpurnia atrapasen tus piernas”.

Ay, lector, me olvidaba. Hoy esperamos a un invitado que llegará de un momento a otro. Una leyenda en el mundo del vino, Emilio Rojo. Algunas veces se pone estupendo. Un día me dijo: “No pararé hasta que mi vino no tenga nada que envidiar al que Cristo multiplicó milagrosamente en las bíblicas bodas de Canaán”. Esto lo decía cuando estábamos internos, allá en los lejanos 60, en aquel colegio un poco libertario, el Cisneros. Así era de chulesco a veces. Presentía su futuro. 

Ahí entra, vitalista, con grandes voces. Nos abraza uno a uno: “Veo aquí rostros muy serios esta tarde. Casi solemnes. Decidme qué ocurre. Traigo alivio y alegría”. El pintor, que hoy está muy pálido, le dice: “Mira, Emilio, lo que necesitamos son respuestas. Queremos ir de viaje y debatimos el lugar”. Emilio mete las manos en su bolso con delicadeza. Como si buscase algo sagrado. Va y lenta, muy lentamente, saca una botella de su cosecha. Quedamos sorprendidos. Pocas veces lo hace, él que ama tanto su vino. Qué privilegio.

Bebemos y las ideas empiezan a fluir. Emilio propone: “Yo me apunto. Hay que ir al lugar donde el paraíso aparece con todo su velo descorrido”. El profesor sugiere: “Vayámonos a Lisboa, tras los pasos de Pessoa. Está cerca, la ciudad es cálida y el mar todavía muy azul”. El psiquiatra reniega: “Jamás iré, es el lugar de moda. Todo el mundo va allí, hasta Madonna. Las multinacionales carroñeras se están adueñando de los fados”.

Sin mucha convicción el tipo del que nada sabemos dice: “Hagamos un par de etapas del camino de Santiago”. El profesor responde despectivo: “Qué camino tan trillado. No quiero seguir las órdenes de Paulo Coelho. Peregrinos aquí y allá, hasta en la sopa. Que no”.
Se baraja la idea de ir a Tinduf, a ayudar a los saharauis tan desamparados.

Al pintor le sale su espíritu de hijo del 68: “París. Comprémonos chalecos amarillos, aunque sea a deshora. Aún llegaremos a ver los restos de la batalla que ha sucedido estos días. Tal vez en los Campos Elíseos nos impregnemos de espíritu revolucionario”. La proposición nos hizo pensar. 

(Emilio dice: “Bebed poco a poco, que se acaba la botella y la magia”. La tertulia se enciende. El contertulio músico no dijo una palabra. Pero sus ojos estaban clavados como sueños. Por fin contó: “¿Sabéis?, mi padre era militar. Y yo nací en Sidi Ifni, cuando el Sáhara era español. Me despertaba con la voz del almuecín y todavía pude ver los hombres azules en las caravanas de los camellos. Ay, yo tenía 15 años aquel triste 30 de junio de 1969. Vi desde el barco cómo se alzaba la bandera marroquí”. Hay un silencio solidario. Con voz entrecortada añade: “Quiero volver. Contemplar los restos de los cuarteles, visitar el cementerio olvidado y caminar por la arena ahistórica del desierto. El viaje limpiará nuestras mentes. Acompañadme”.)