Opinión

El Café Lisardo animaba la vida pontina

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El Café Lisardo animaba la vida pontina

Puente Canedo, propiamente dicho, antes y después de la guerra, ocupaba una superficie pequeña, pero bien aprovechada. Claro, si se le sumaban los pequeños núcleos repartidos por la carretera de Santiago hasta Cudeiro y por la de Vigo hasta Santa Cruz de Arrabaldo, su número de habitantes aumentaba considerablemente. Pero el centro auténtico iba del Puente Romano y la recién construida Plaza de Abastos hasta la Iglesia, con el punto importante de la estación de ferrocarril.

Enseguida las calles fueron bautizadas: General Mola, General Aranda, General Moscardó, Queipo de Llano… El auténtico centro de animación estaba en Queipo de Llano -hoy Vicente Risco-: Farmacia Carnicero, Café Lisardo y Peluquería Custodio.

Aunque volveremos sobre el caso concreto de Carnicero, entremos ahora en la gran animación, la diversión, el esparcimiento que daba el Café Lisardo. Era el más amplio local del Puente dedicado a esta actividad, repleto de mesas de hierro y mármol, con un escenario en la esquina del fondo izquierdo y, en el derecho, una amplia barra. Durante el verano podía decirse que era un café pontino más. Pero desde otoño al verano siguiente, registraba una gran actividad, convertido en café cantante. Era la sucursal pontina del otro gran café de Ourense, La Bilbaina, cuyos espectáculos, traídos por el agente señor Soto, generalmente no abandonaban la ciudad sin actuar después en el Puente.

Al frente, don Lisardo González. Imponía respeto. Serio, muy serio, con su amplio bigote. Como segundo de a bordo, su hijo Arturo, personaje tan querido como popular, conocido por o Badanas. Una de sus funciones era colocar en la fachada exterior un cartelón con marco y cristal con los nombres de los actuantes. Y muchas veces sufridor por las inevitables e imprevistas incidencias que podían surgir en las actuaciones y las reacciones de tan variopinto y sorprendentes espectadores; en la sesión de tarde, a la hora del café, prácticamente solo espectadores masculinos, pero por la noche, en muchas ocasiones, también acudían señoras al espectáculo. Y desde luego el pianista, el compositor maestro Vide.

También nos sumábamos los chavales, si bien a nuestro modo. Y hasta alguna que otra chavala. Nos colocábamos en la acera, en fila, tras colocar astutamente una piedra que dejara la puerta entreabierta. Seguíamos la actuación desde la calle. Hasta que Badanas de daba cuenta, retiraba la piedra y se dirigía a nosotros.

-Pero por qué non entrades? Un vaso de viño costa seis reás (una peseta y cincuenta céntimos) e estades sentados coma señores… inda que non bebades o viño.

Tiña razón, pero “que rapaz tiña cartos para semellante vicio?”