Opinión

Juegos sin malicia

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Juegos sin malicia

Aquello de “hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad” sonaba en aquellas zarzuelas que tanto nos gustaban a los que venimos de muy atrás. Aquellas obras teatrales en las que compaginaban diálogos con música; como se hacía en la llamadas revistas que aparecían de cuando en cuando en Xesteira y Losada. Las zarzuelas eran cosa generalmente seria; las revistas, picaronas, muy picaronas, con poquísima ropa las féminas, lo que hacía que asistiese siempre el representante de la censura para que las chavalas no fueran a exhibirse de más… con tela de menos.

Y es que aquellos mocitos que empezábamos a acudir desde El Puente al centro a ver ese teatro picarón, comprobábamos por ejemplo aquel análisis que atribuían a Alfredo Marqueríe, de ABC, refiriéndose a Virginia de Matos, impresionante vedette, una de las sucesoras de Celia Gámez, que lucía su palmito también en Orense: “Virginia ni canta ni baila, ni falta que le hace”. Vamos, que le bastaba con salir a escena, moverse y hacer que cantaba bien. El personal de las butacas estaba pendiente de otras cosas. Como de los decorados, por ejemplo. Vamos que don Alfredo tenía razón. 

Aquellos mocitos empezábamos a dejar de ser niños y nos jugábamos el tipo en la puerta, a ver si nos dejaban pasar, porque era un espectáculo para mayores. Éramos los que dejábamos de hacer lo que nos entretenía a diario en nuestras calles: correr. A lo que los chavales jugábamos entonces en los días de vacaciones: la billarda, el queda, los guardias y ladrones, los peones, las bolas… finamente llamadas canicas. Jugar con peones y a las bolas era factible porque hacía falta espacios “de tierra” y como la mayoría de las aceras estaban sin baldosas, había mucho terreno de juego.

Algo curioso. Hacíamos un hueco en el suelo que llamábamos “la foca”. Lanzábamos las bolas a cierta distancia y habían de quedar a menos de “tres pies” del hoyo. Eladito estrenaba zapatos. Los padres nos compraban el calzado con vistas “as medras”, crecíamos y aumentaban nuestros pies. Su bola quedó separada. “Eladito, perdíches, hai mais de tres pés”, gritó Medela, el de Eiroás. “Espera que vou medir”. Y Eladio colocó un zapato pegado el hoyo, iba a colocar el otro pie delante y Medela tuvo que reconocer que llegaban los tres pies. Por eso exclamó muy cabreado:

-¡¡Qué lanchaaas la virgeeennn!!

Sí, eran bastante grandes aquellos zapatos. El señor Eladio, “O Carboeiro”, el padre de Eladito, había previsto que tenían que durar bastante tiempo…

Pero a lo que iba. ¿Juegan hoy nuestros chavales en las calles? ¿Se pasan las horas corriendo de un lado para otro? Antes no nos acordábamos de volver a casa. Ahora, hay que echarlos a la calle. Y que dejen el móvil en casa… pero será imposible.