Opinión

En nuestra ciudad de los puentes

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En nuestra ciudad de los puentes

Son muchas las ciudades que pueden presumir de río y, por consiguiente, hacerlo también de puentes. En la nuestra, de Oira a las Termas de Outariz, si no cuento mal, tenemos siete. En nuestros tiempos infantiles, cuando Franco aún estaba muy lejos lo de asentarle el Valle de los Caídos, teníamos dos. Uno era el Nuevo, y el otro, el que estaba más a mano y cruzábamos tantos de nosotros cuatro veces al día, era “el Viejo”. Este, el romano, soportaba un abundante trabajo diario: peatones y coches; pero los vehículos sólo podía ir del Puente a Orense, porque, claro, si se cruzaban dos, no cabían. Pero, sin problemas. Todos juntos y revueltos, cediendo el paso, pegándonos los de a pie a los pretiles cuando el coche ocupaba mucho espacio.

Para los chavales aquel trayecto era una atracción más. Y hasta con sorpresas. Le sacábamos provecho a todo. Era bonito asomarnos a los “balconcillos” y ver abajo los peces. Los días de riadas, el nivel de las aguas era tan grande que parecía que el cauce iba a llegar a nuestro Colegio Salesiano. Te colocabas en aquel balcón cuyo frente terminaba en punta y, por efecto a la gran masa de agua que venía de frente, parecía que ibas en barco y a toda pastilla. Muchas veces hasta daba miedo.

También éramos perversos. Había gran cantidad de pájaros. Soltábamos un trozo de papel con un agujero en medio, y los inocentes pájaros se iban lanzados. Y al meter la cabeza en el tal agujero, frenaban, se trababan las alas y caían en picado…

Había otra situación terrible. En los veranos, menos corriente, y el río más estrecho. Quedaban los peñascos al descubierto. Insisto, éramos bastante perversos. Había gente deprimida. Menos posibilidades de tratamientos psiquiátricos que ahora. Se lanzaba al agua para poner fin a su vida. Pero caían fuera del cauce. Llegábamos al Colegio con la mala nueva. Y los otros perversos, los de Orense, salían pitando para ver el drama, antes que don Fausto tocara la campana para ir a Misa y empezar una jornada normal. Después de misa, clases. Así de lunes a sábado, hasta eso que, a eso de las ocho de la tarde, las oraciones de la noche. ¡Ah!, y los domingos, misa y paseo…

Pero volvamos al Miño. Ahora puedes abrir tu móvil, y ves a “osados y valientes” que les graban lanzándose al agua en pleno día, pero desde lo más alto del mismísimo Puente Viejo. Y con toda normalidad, como si nada, caen al agua y ganan orilla a nado. Y sacan pecho porque… todo salió a pedir de boca. Y lo ven miles.

Claro que en aquellos tiempos nuestros veías trepar por una cepa a Manaicas ante la expectación general, hasta un alto saliente. Balconcillos llenos. Y esperar. Meditaba, como si dudara; pero subir, subía, pero no podía bajar. Se hacía de rogar y, al fin, se lanzaba. Tampoco le pasaba nada. Pero no podía sacar pecho porque no habían llegado todavía los móviles… Y sólo podía verse en directo…