Por la boca muere el pez

Por la boca muere el pez

La expresión “por la boca muere el pez” suele utilizarse para explicar que es inconveniente hablar más de lo necesario. Nuestro refranero recoge esta frase, de origen marinero, para aludir a esas personas que dicen las cosas sin pensar, que hablan de manera exagerada y desconcentrada. Refiere el riesgo de abrir la boca, como el pez cuando ve el anzuelo al que se engancha y la persona que abre la boca para hablar demasiado y así se pone en ridículo, convirtiéndose en víctima de su propia estupidez.

Pues bien, de esto viven los políticos, pues su instrumento principal de trabajo es la expresión verbal. Antonio Gala en “El don de la palabra” sostiene que “su lenguaje es vulgar, tedioso y demagógico; no suscita ilusión ni esperanza. Sólo hablan para contradecirse, o para enturbiar lo que está claro”. Y cuando el político embarulla, más que un problema de comunicación, que también lo es, es un problema de formas.

Todo esto viene a cuento por la inefable ocurrencia de la portavoz de Podemos en el Congreso (“de los Disputados”), Irene Montero, cuando hace unos días uso del término “portavoza”, procediendo a la invención de un vocablo que de inmediato fue censurado, como tenía que ser, por la mismísima Real Academia de la Lengua, que obviamente no lo reconoce porque el sustantivo “portavoz” es común en cuanto al género y por tanto coinciden su forma de masculino y de femenino. Lógicamente, la “portavoza” discrepó con vehemencia aseverando que la RAE “tiene mucho que aprender” y porque es una institución compuesta principalmente por hombres. 

La cuestión es que la susodicha justificó su “lapsus línguae” -no para ella, claro- como una forma de dar mayor “visibilidad” a las mujeres en su lucha por la igualdad de derechos con los hombres, “a veces desdoblando el lenguaje, aunque no suene muy correcto, se puede avanzar en la igualdad”…

La filóloga Bárbara Pastor, en “Las perversiones de la lengua”, afirma que “la reivindicación del género femenino lega a veces a límites insospechados. Cuando la exigencia ya se convierte en transgresión gramatical o entorpece la economía del lenguaje, más conviene dejarse llevar por el sentido común que por otra cosa”.

Algunos políticos no temen al ridículo y, por eso, tampoco temen abrir la boca cuando ven el anzuelo con un atractivo cebo.