Opinión

La investidura, otra vez

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La investidura, otra vez

Se repiten tanto que da la impresión de que nuestros comentarios también son reiterativos. Sin embargo, la actualidad política de un tiempo a esta parte se ha vuelto tan monótona y repetitiva que estamos instalados en un permanente “déjà vu”. Se reproducen procesos electorales y consecuentemente sesiones constituyentes del pleno del Congreso de los Diputados y por ende de investidura. La fotografía se repite y además con idénticos protagonistas.

Y si se repite la imagen, también volvemos a asistir a un nuevo espectáculo en la magna sede que acoge el Palacio de la Carrera de San Jerónimo. Nos estamos refiriendo al desarrollo de estas sesiones, que además tienen el carácter de solemnidad, pues no son ordinarias. Aunque muchas veces las “ordinarias”, como obviamente las solemnes, asimismo están plagadas de “ordinarieces” (para el DRAE, “falta de urbanidad y cultura” o “acción o expresión grosera”). 

Intervenciones subidas de tono, descalificaciones, abusos adjetivos vejatorios, broncas… La misma película de siempre. Es como si le hubiésemos dado al botón de rebobinado. Las faltas de respeto y al decoro parlamentario es el pan nuestro de cada día en estas sesiones y a buen seguro, por mor de cómo está conformada la Cámara actual, de las próximas a las que asistiremos.

“¿Cree que me importa la gobernabilidad de una España que tiene a mi hermana y a mi gobierno en el exilio?"; “el Rey el 3 de octubre hizo un discurso autoritario y no propio de una democracia"; “hemos asistido a un espectáculo degradante. Hay un problema de convivencia y de tolerancia en España"; "necesitamos más moderación y sentido de Estado”; “estamos tolerando insultos, pero se ha generalizado”… Son algunas de las frases que se han esgrimido en esta nueva reedición de la también nueva -aunque en realidad tampoco lo era- sesión de investidura de Pedro Sánchez y donde, por cierto, la oposición le pidió varias veces a la presidenta de la Cámara que aplicase el Reglamento de la misma, en concreto el artículo 103 y que contempla una de las cuatro razones para llamar al orden a los diputados: “Cuando profirieren palabras o vertieren conceptos ofensivos al decoro de la Cámara o de sus miembros, de las Instituciones del Estado o de cualquiera otra persona o entidad”.

Y es que, una vez más, hay que reproducir aquel pensamiento de José María Pemán sobre el Congreso de los Diputados: “Siempre han sido una gran tertulia política, donde se decían bonitos discursos y se divagaba sobre todo lo humano y lo divino. Desde allí jaleaba a los oradores. Y estos, arrastrados por el aplauso, pensaban en lucirse más que en hacer cosas prácticas para España”.