Opinión

"El Alemán"

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"El Alemán"

En aquellos "parladoiros" improvisados, altos escalones de piedra al pie de los portales, cogían con suerte tres. A mi abuelo, que nunca fue de sonrisa fácil -le llamaban “El Alemán”, pelo claro y escaso, profundos ojos verdes y silencios en los que cabrían los "Episodios Nacionales" de Galdós-, se le torcía la boca apenas doblaba la esquina y enfilaba la endiablada cuesta de la rúa  Poboadores.

Otra vez. 

Un día, él que era más, mucho más, hacia dentro que hacia fuera, tuvo que esperar más de la cuenta a que las mujeres se apretujaran lo suficiente para colar el pie y entrar casi como un funambulista en el portal  -había mucho trajín en aquella calle, tan propensa al lengüeteo-. Subió los escalones de dos en dos, abrió la puerta, cogió el cubo más grande de la casa y, como si estuviera largando la red, lo vació con furia en el portal de piedra que tantas veces lustró mi abuela. Sus hijas aún recuerdan los gritos de ellas y las carcajadas de él, más por lo escasas que por la anécdota -en honor a la verdad, y si no recuerdo mal, el agua había pasado un rato al baño maría-.  

Hoy pensaba en esto asomada a la ventana.En punto, incluso un minuto antes, si me apuran, de las ocho de la tarde, como una sinfonía que va creciendo, ahí estaban los aplausos, las ventanas encendidas, incluso los vítores para los sanitarios. Y, al final, de una fachada a la otra, los saludos, las despedidas cantarinas, afables. Bonito, la verdad. Y yo, pensando en aquellos tiernos ojos verdes.