Opinión

El adalid de la templanza

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El adalid de la templanza

Hásel es un hijo de papá rico metido a agitador social y los que tienen máxima culpa de este panorama son los cargos públicos

Pablo Rivadulla Duro es un sujeto que no valía para gran cosa e inspiraba una seria preocupación a su señor padre, un hombre relevante, industrial poderoso y adinerado que fue durante un tiempo incluso presidente de un club de fútbol. Como no sabía qué hacer con él y no le traía más que disgustos, resolvió sufragar una carrera en la música que tampoco ofreció muchas alegrías hasta que el sujeto encontró su camino en el rap y alcanzó un moderado conocimiento entre la marginalidad de Cataluña con el sobrenombre de Pablo Hasél que el individuo encontró entre los nombres de los protagonistas de un cuento árabe. Ingresado en prisión por acumulación de delitos –agresiones y palizas, amenazas de muerte y otras muchas manifestaciones por el estilo- se acoge a su condición de preso político perteneciente al colectivo de presos antifascistas para negarse a compartir celda o a efectuar tareas domésticas durante su estancia en prisión. No quiere servir cenas, limpiar, repartir mantas o fregar cacharros porque, según su abogada, aceptar el desempeño de estas tareas significaría dar muestras de arrepentimiento. Y él no se arrepiente. Pero la responsabilidad de los acontecimientos que se suceden en Cataluña desde que la policía fue a buscarlo al paraninfo de la Universidad de Lleida, no es en realidad de él. Él es una criatura híbrida. Es un hijo de papá rico metido a agitador social cuyo comportamiento se ciñe a los cánones establecidos necesariamente para la supervivencia de una patraña mayor de la que este indeseable forma parte. Por tanto, desempeña el papel asignado y prolonga el juego con esta absurda comedia a la que naturalmente no se pueden acoger presos del común a los que toca comerse su condena y portarse como es debido para alcanzar los favores de la redención y salir cuanto antes del trullo.

Los que tienen máxima culpa de este panorama son los cargos públicos y los responsables de instituciones que han instrumentado el caso del rapero para transmitir un mensaje y obtener un rendimiento político. Lo que pasa es que la cuerda se está tensando demasiado y en esta gestión patética hay muchos damnificados. Por ejemplo, los agentes de la policía, por ejemplo los comerciantes. Por ejemplo, la ciudadanía en general, harta de un escenario imposible. La clase gobernante es de una irresponsabilidad supina. Peligro.