Opinión

Perder el gusto

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Perder el gusto

Ya fui más aficionado al fútbol de lo que lo soy hoy en día, y como muchos otros nostálgicos he terminado amando más las historias de fútbol que el fútbol mismo. Es cierto que siempre me ha podido mi condición de merengón irredento y nunca me he arrepentido ni me arrepentiré de ello, pero esta situación insufrible que ha generado la rivalidad secular entre los dos grandes clubs españoles me tiene aburrido y me produce un hastío inmenso que no se arregla ni siquiera con triunfos madridistas. Es cierto que, tal y como está el panorama, al Madrid le toca perder y a los madridistas tragarnos los sapos, pero estoy por asegurar que ya ni siquiera se trata de eso.

Muy de tarde en tarde, me asomo a esos espacios televisivos desquiciados en los que todos gritan y se maldicen, donde todo vale y los comentaristas son antes hinchas furibundos y peligrosos de sus respectivos equipos que analistas salvo raras y muy honorables excepciones. Al tenderete de Pedrerol acuden cada noche supuestos gurús del análisis táctico que luego se tornan hooligans y se desmandan con actitudes impropias de un profesional de los medios al que no debe conducir la pasión por los caminos del arrebato, y su corazón de seguidor acérrimo no debería enturbiarle el conocimiento y mucho menos el habla, porque en el decir también pierden estos cultivadores de la gresca lo mejor de sí mismo. Su dignidad, el sentido común, la profesionalidad, su celo, su independencia… A un antiguo profesional del fútbol le he escuchado yo asegurar a gritos que a Messi deberían otorgarle el premio Nobel de Física, y de estas mamarrachadas están las noches de fútbol llenas.

El fútbol suscita un ámbito ingrato en su derredor y yo no estoy por ceder a esas abducciones ni colaborar con periodistas del gremio que han perdido la olla y hablan de nosotros y vosotros como si estuvieran en la plantilla del club de sus entretelas. Ni con colaboradores que se han chalado vivos. Ni con hinchas que humillan a mendigos en la Plaza Mayor, ni con políticos que hacen del fútbol su bandera ideológica, ni con padres y madres iracundos que quieren sacudir al árbitro en los partidos de sus hijos desde alevines. Me he percatado de que estamos rindiéndonos a un culto peligroso que genera odios y enriquece muy poco. A mí por ahí ya no me pillan.

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