Opinión

Minou

No siempre las visitas estorban. Al contrario, algunas alegran la vida, el momento. Las hay simpáticas, agradables, atentas y también sabias, con las que se puede mantener cualquier conversación. Al irse, dejan cierto vacío. Pero también las hay aprovechadas que llegan para sentarse a la mesa y además dar la vara. Se agradece su marcha. En fin, hay visitantes de todo tipo y lo importante es que unos y otros anuncien con antelación su llegada para estar o no estar en casa, según el humor y estado emocional que se tenga en esa ocasión. Pero hay otra clase de forasteros inesperados que siempre son bien recibidos. Y me refiero concretamente a uno que tienen algunos amigos míos cuyas casas situadas en plena naturaleza, distan bastantes metros unas de otras. 

Pues bien, todas reciben a Minou que, sin avisar, entra en todas ellas, se da una vuelta por su interior, inspecciona todo lo que haya a la vista, o no, come de buen grado lo que le ofrezcan y con la misma frescura que llega, se va. Y se va ufano y contento, sin echar la vista atrás, hacia otra vivienda que se proponga investigar. No hay nada que perdonarle, porque es un placer mirar su elegancia, la gracia que le asiste, su independencia, su saber estar y la sociabilidad de que hace gala. Es el rey del lugar, y todo el mundo, si llama a la puerta, que no suele, por estar abiertas, se le franquea la entrada. Minou es espléndido y hermoso en su cuidada imagen, bien alimentado, y sobre todo limpio. Es brillante, cariñoso, osado, enemigo de grescas, y fundamentalmente libre. 

Te mira de frente, y en sus ojos, puedes leer fácilmente: “Vengo a echar un vistazo, o a cotillear simplemente, porque considero que tu casa también me pertenece. ¿Por qué? Porque soy el mejor y te gusto, y tú lo sabes”. Y Minou es consciente de esto. Gusta a todos. Es el visitante ideal, aunque a su alrededor despierte los celos de los establecidos tiempo antes, minimizados con su presencia. La vida es así. No hay como ser un pimpollo para atraer la admiración y la pelusilla a la vez. Pero a Minou no le importa eso. Él sale cada día a hacer su recorrido, a lucirse y dejarse querer, a respirar el aire fresco, saludar a las ardillas, y a ver si puede perseguir a algún pájaro de colores. Minou es especial, si no existiese, al lugar le faltaría esa moviente mancha blanca y negra nacida gato.