Opinión

HORIZONTES CERCANOS

Opinión

HORIZONTES CERCANOS

El año2014 marcó un hito al repatriar a suelo europeo desde Liberia, al religioso español Miguel Pajares, para ser tratado con un suero traído desde Estados Unidos. Como consecuencia de la operación se infectó una auxiliar de enfermería del Hospital Carlos III, saldándose el asunto con el fallecimiento del misionero, el alta de la sanitaria y el sacrificio de su chucho. La infección por ébola se zanjó  con un preparado cuyo coste asciende a un euro, suma de la que carece la mayoría de los habitantes de Guinea-Conakry, Sierra Leona, Liberia, Nigeria o el Congo.  Declarada superada en Europa por  la OMS, debilitándose en África, que como siempre quedó a su suerte, sin entender que es un problema de todos.

Pero el virus no ha desaparecido. En la visión global de Spinoza, todos los seres poseen la tendencia natural y espontánea a la autoconservación, esforzándose por permanecer en la existencia.  La zoonosis se reproducirá y el ébola surgirá más virulento, lo que se hace extensivo también al covid-19. Que la UE haya declarado extinguida la triquinosis no supone su desaparición. De hecho ha rebrotado en España por matanzas caseras de jabalí. Ese mismo sacrificio sin control veterinario que constituye un hábito inveterado en China, donde están acostumbrados a adquirir en ferias y mercados todo tipo de animales vivos para consumo doméstico, con lo que no va a acabar de la noche a la mañana la presión de la inspección sanitaria.  Para muestra, aún la semana pasada se encendieron todas las alarmas cuando China reportó un  nuevo foco en un mercado local.

Está claro que muchas cosas tienen que cambiar si se pretende atajar futuras embestidas víricas aun más furiosas, consecuencia de una amalgama de cultura, pobreza, desequilibrio social y degradación medioambiental. Occidente no puede gastar millones en investigación para lociones contra la caída del cabello, mientras anualmente mueren 300 millones de personas por enfermedad y pobreza. Más allá de lo inmoral, está la cuestión de la supervivencia: por egoísta que pueda parecer, su enfermedad y mortandad puede  cobrarse como saldo la transmisión de infecciones cada vez más virulentas para toda la Humanidad, en la que la respuesta de la selección natural puede conducir a la extinción de la especie. 

Si hay otra gran lección que sacar de la pandemia es que se hace imprescindible replantearse la distribución de la riqueza, asumiendo que  el modelo productivo neoliberal está tocando techo. La manufactura a bajo coste a costa de los salarios cada vez más bajos, que ha llevado a la deslocalización de la industria, es el más claro ejemplo de pérdida de soberanía del primer mundo. Hay que volver a relocalizar la industria y aceptar como imprescindible un  nuevo patrón que prime la disponibilidad del producto por encima del precio, transigiendo con unos costes mayores. No puede volver a repetirse la situación de que, en plena urgencia por material sanitario de primera necesidad, el provedor actual del mundo industrializado no estuviera en condiciones de servirlo en un plazo inferior a un mes, un período vital ante una pandemia.

La economía sostenible apunta hacia un  nuevo paradigma en el que coexistan el sistema cooperativo, la economía participativa, el proteccionismo estatal y el libre mercado. En toda esta ecuación, muy a pesar de la Renta Mínima Vital , considerando el precio de la vivienda y la debacle económica, la era post covid-19 supondrá nuevos cambios. Con el futuro hipotecado para las próximas generaciones, se atisba un posible retorno al campo, donde los ayuntamientos sacan pecho con ayudas para consolidar sus maltrechos censos, buscando ventajas y servicios para el rural, en aras de un nuevo orden social y económico que contemple un mayor equilibrio medioambiental.

Este es el último reto pero también el nuevo horizonte tras la hecatombe del covid-19 porque, como dijo Freud, la ilusión tiene futuro, no porque la dura realidad no se pueda aceptar nunca y se necesiten falsos sueños, sino porque las ilusiones están sostenidas por la insistencia incondicional de una pulsión que es más real que la realidad misma.