Opinión

La ratonera

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La ratonera

Entiéndese por competente a quien muestra pericia o aptitud para hacer o intervenir en un asunto determinado, definición que choca cuando se trata de la autoridad ya que, lejos de hacer gala de tal idoneidad, esa  facultad apenas obedece al ámbito legal de atribuciones que corresponden a una entidad pública o administrativa, que viene a ser como decir que ya podía ser más competente la autoridad competente. Porque la sociedad depende precisamente de la capacidad de sus dirigentes, lo que a estas alturas se traduce como una más que cuestionable deriva donde la ciudadanía está al pairo.

El ejemplo más diáfano es el conflicto entre las administraciones autonómicas y central a la hora de tomar decisiones que afectan a todos, dudando de si lo que se busca es el bienestar y la seguridad común o guardarse las espaldas, deporte en el que los políticos que nadan y guardan la ropa se llevan la palma. Para muestra la confrontación entre el gobierno madrileño y Moncloa, sumando una concadenación de decisiones tan cuestionables como fallidas, repartidas a partes iguales.

Las autoridades de Galicia, mientras tanto, respiran hondo y cierran la boca, permitiendo la aplicación de una norma sugerida por el mismo Gobierno madrileño que solicitó al Ejecutivo la intervención de ciudades con más de 500 afectados por 100.000 habitantes. Ourense es una extraña muestra de población confinada por el simple arbitrio de una cifra mal interpretada, porque no se trata de positivos de covid que anden por ahí de paseo sino de dos focos concentrados, claramente definidos en dos geriátricos que suman la mayoría de infectados. 

La participación  de 100 invitados en la celebración de un cumpleaños en Carballiño, donde se detectó un buen saco de positivos, no es sino consecuencia del desgobierno que los responsables de administrar, en su loca carrera por confundir al respetable: que si los guantes sí, que si ahora no; que si había consejo de sabios asesorando a Fernando Simón, y luego resultó una patraña; que si el confinamiento sirve o que no, y toda la serie de consignas confusas o incluso polarizadas que han mermado toda credibilidad a la autoridad competente, sin que nadie se responsabilice del daño moral y material que está causando en la población. Apenas un absurdo eslogan salido de tono por parte de Pedro Sánchez que, ignorando el peso de la historia, se lanzó de cabeza a la piscina cacareando que, con los 70.000 millones de euros que aún no tiene, creará 800.000 empleos en los próximos tres años, obviando la experiencia de Felipe González quien afirmó, tras idéntico compromiso fracasado en 1982, que quienes crean empleo son sólo los empleadores y  no el Estado. 

Aunque tal vez sea eso, una trampa para ratones: estudiantes que promocionan sin estudiar, sustituyendo el conocimiento por adoctrinamiento; dividir a los ciudadanos alimentando la desconfianza so pretexto de mascarillas mal hechas y un enemigo invisible; trabajadores relegados a subsidiados de ingresos ínfimos. Empresarios arruinados que ya no crearán riqueza ni empleo y, en definitiva, al paraíso cubano pero sin playas caribeñas. Ni siquiera ese espejismo de sofisticación. Solo el pueblo esclavo de las migajas de papá Estado, donde a los disidentes se les acosa con insultos como fascista, buscando descalificar a quien critica el hundimiento programado de España para transitar a un régimen totalitario. 

Quien en este momento está impidiendo que priven a los ciudadanos de recursos y libertades son las autonomías, al actuar de freno frente a una presidencia anodina y bicéfala —ávida de estrangularlas—, además de Felipe VI, ese rey que tanto cabrea a Pablo Iglesias por estorbarle en su empeño de imponer a la mayoría una dictadura bolchevique, cada vez menos solapada. Porque esto cada día se parece más a una conjura para derribar a la democracia aprovechando una pandemia. Hoy como nunca cabe recordar los versos Martin Niemöller relativos a los nazis:  "Primero vinieron por los socialistas, y yo no dije nada,/ porque yo no era socialista./ Luego vinieron por los sindicalistas,/  y yo no dije nada,/ porque yo no era sindicalista./ Luego vinieron por los judíos, y yo no dije nada,/  porque yo no era judío./ Luego vinieron por mí, y no quedó nadie para hablar por mí." ¡Despierta!