Opinión

La modestia y la virtud

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La modestia y la virtud

Siempre habrá quien está dispuesto a hacer, a toda costa, una montaña de un grano de arena. Para muestra el reciente Premio Princesa de Asturias que reconoce la labor de los sanitarios frente a la pandemia del covid-19.

No bien una docena de sanitarios se han manifestado -a título personal-, en contra de la concesión, ya hay quien quiere arrimar el ascua a su sardina y aprovechar para sacarle punta al lápiz. La realidad lacónica es que doce individuos no representan a un colectivo integrado por miles de profesionales, cuyas asociaciones colegiales no han dicho al respecto ni mu. La perversión está en el uso malintencionado y sesgado de sus manifestaciones, en las que sin pudor acusan al rey de ladrón, exigiéndole que devuelva lo robado. No obstante no consta por ningún lado que Felipe VI haya sido autor de ningún tipo de latrocinio o que haya adquirido deuda alguna en tal sentido, antes bien, el actual monarca ha implantado en Zarzuela un régimen de transparencia del que, en modo alguno, se pueda inferir la injuriosa acusación.

No estaría de más exigir a esas personas con nombres y apellidos, autoras de estas declaraciones, que sostengan su incriminación ante un juez, porque si hay algo de lo que los españoles están hasta la coronilla es de esa desagradable y cada vez más frecuente mala costumbre, por parte de una minoría, de creerse con el derecho a insultar y ofender impunemente a todos y a cualquiera.

Por lo demás, ese puñado de individuos deberían tener algo más de tiento antes de echar la lengua a pacer y documentarse sobre la naturaleza de la Fundación princesa de Asturias -antes príncipe-, y en su instauración en 1981, Fundación Principado de Asturias. Quizá una de las cuestiones más interesantes es su carácter ajeno a la Corona, cuya única relación es exclusivamente honorífica. Fundación benéfico docente de promoción y carácter privado, fue constituida por un escritor, un periodista, un banquero, algún abogado, varios catedráticos y un editor, apoquinando por aquel entonces once millones de pesetas de su bolsillo, con la doble finalidad pública cultural y docente, siendo el Patronato que la integra el responsable de dilucidar los Premios Princesa de Asturias, considerados como uno de los actos más importantes de la agenda internacional.

Organización sin ánimo de lucro, tiene por objetivos esenciales la consolidación de los vínculos ente el Principado de Asturias y su titular, contribuyendo a la exaltación y promoción de cuantos valores científicos, culturales y humanísticos, son patrimonio universal.

Dicho esto, con la felicitación expresa y reconocimiento generalizado de la nación al esfuerzo del cuerpo sanitario, conviene recordar a la Fundación haberse dejado en el tintero el reconocimiento a otros profesionales que, ausentes del homenaje, han resultado de capital importancia a la hora de dotar de bienes y servicios al país. 

Porque si bien es cierto que un albañil no cobra por caerse de un andamio ni un sanitario por contagiarse, el riesgo va implícito en el oficio, procurando entrenamiento y medios especializados para minimizar el riego. No así al resto de profesionales que les tocó lidiar en primera línea: celadores, limpieza, mantenimiento, lavandería, cocina, y demás personal de los centros sanitarios.

Sumando además a cuantos el Gobierno ordenó mantenerse frente a lo que se les viniera encima mientras los demás permanecían confinados: trabajadores de supermercados, kiosqueros, estanqueros, farmacéuticos, gasolineros, transportistas, ganaderos, labradores y, siendo justos, inmigrantes ilegales cuya explotación laboral ha permitido llevar alimentos a muchas mesas; y por qué no a la ciudadanía, que a diferencia de bastantes políticos ha sabido estar a la altura, porque rememorando las palabras jocosas de Woody Allen: “sé que no merezco el Príncipe de Asturias, pero tampoco la diabetes que padezco”.