Opinión

Y yo más

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Para quien aún no lo tenga claro, el fracaso del comunismo como modelo social y económico se hizo patente con la caída y desintegración de la antigua Unión Soviética. Por eso, para poder seguir alimentando su hambre romántica y trasnochada de revolución, formaciones como Podemos se acuestan sobre el lecho del neomarxismo como mecanismo para alcanzar el poder. Bueno, o al menos para que consigan medrar algunos dirigentes del partido, embarcados en la aventura de ser casta a toda costa.

Por si las dudas, al neomarxismo sólo le importan las minorías. Sea el colectivo LGTB, los musulmanes, libres designados, altos funcionarios, políticos, nobleza o burguesía... Pero eso sí, que sea una minoría. No importa cuál ni dedicada a qué, porque a través de las minorías lo único que buscan, con el único fin de auparse, es encontrar a alguien a quien poder tildar de opresor. Esto explica el motivo por el que rechazan a la mayoría, porque si esta gobierna, frena en seco sus aspiraciones. Por eso al neomarxismo no sólo les trae al pairo, sino que incluso desprecia a los trabajadores.

Así las cosas, Echenique -sin soltar la silla en el Congreso ni con agua hirviendo, y que en otro partido sin la superioridad moral de Podemos lo hubieran cesado o dimitido por sus contrataciones ilegales-, se permite llamar a los manifestantes del barrio de Salamanca como “pijos maleducados”. ¡Tócate los pies! Seguramente porque deben ser ricos y, por lo tanto, malos. Por eso, por pura solidaridad, para aliviarlos de tan pecaminosa conducta, él se trasladó de su exiguo piso de 50 m2 del barrio de la Guindalera a la calle Fuencarral.

Es de suponer que porque entendió la problemática del acceso a la vivienda en España. No cuesta imaginar que para una familia con una renta de 1.800 euros mensuales, que vive en un piso de 70 metros por el que pagan 600 euros, si se queda sin ingresos se va a la calle. Pero también es de perogrullo que si esa familia vive en un chalé de una zona residencial, con unos ingresos de unos 15.000 euros mensuales y una hipoteca de casi un millón de euros, si se quedan sin ingresos, también se van a vivir debajo de un puente. Y para muestra a Echenique, sin necesidad de trajinar su nuevo “apartamentito”, le basta con mencionar a la familia de su amigo Pablo de Galapagar. Por eso le tienen fobia a los ricos, porque a excepción de ellos, los demás también son “opresores”. Por eso dos son los motivos por los que no tienen derecho a manifestarse en contra de la situación actual: porque según Echenique, como pudientes no disfrutan de ese derecho ciudadano, y porque a él, como buena persona que es, no le importa que los demás acaben en la calle. Resulta obvio que no ignora que cuando crecen las posibilidades también lo hacen las necesidades. Prueba de ello es el traslado a Fuencarral, pero el dolor ajeno no es el suyo. Bastante quebradero de cabeza tiene ya con sus ruedas y el escaño.

A fin de cuentas, en el fondo subyace la visión abyecta de que el escrache sólo es legítimo si lo hacen él o sus amigos frente a sus adversarios políticos, pero cuando es contra ellos los califican de acto abominable. Es lo que tiene la doble vara de medir, que engaña con la talla de las personas, algo que Echenique debería tener claro y eso que, como decía su bestia negra, el generalísimo, la grandeza se mide del cuello para arriba.

Y así llegamos al ministro Escrivá renegando al no parecerle ecuánime que la renta vital en Cáceres fuera de 450 euros mientas en San Sebastián ascendiera a 750. Debió entrarle en el seso el coste de la vida donostiarra, que ahora ya proclama soflamas de que la renta mínima la aprobará el próximo Consejo de Ministros, a sabiendas de que al cesar el estado de alarma quedará tan derogada como el resto de disposiciones desde el 14 de marzo. No importa. Cuando los beneficiarios no vean un céntimo dirán que la culpa es de la oposición, por no haber alargado el estado de alerta hasta el año 2080. Porque al final todo el mundo sabe que de grandes promesas viven felices los tontos, esos que nunca recordarán a Pablo Iglesias cuando decía que, en política, los errores se pagan dimitiendo.