Opinión

Hay un asesino en mi cama


Eva y Adán, estoy casi seguro, debieron vivir el asunto del Paraíso en su adolescencia, después de que el Creador les diese todo con mimo. Pero se le ocurrió prohibirles un árbol sólo y le montaron un tinglado que duró siglos y siglos.

Si vuelve usted la vista a nuestra pubertad, estará de acuerdo conmigo. Entonces casi todo estaba prohibido y eso tan horrible lo considerábamos maravilloso porque daba la oportunidad de romper todas las normas. A esas alturas quebrar o descerrajar una ordenanza, mira que éramos tontos, nos parecía una gozada.

Formábamos un grupo dispuesto a cambiar el mundo y volverlo del revés, gozando del atractivo de la farándula. Camus, Sartre…Alejandro Casona. Lo pasábamos muy bien en los ensayos. Las chicas eran guapísimas y nosotros unos insufribles payasos. Nos desplazábamos a localidades no tan cercanas y en ese ir y volver comenzamos a conducir aquellos utilitarios que eran tan guapos. No como los de ahora que los diseña un ordenador y los hace todos vulgares y de plástico.

Supongo que sería un día de la primavera, uno de esos llenos de flores y pájaros y más pájaros y algunas flores en tu ventana. Supongo que fue cuando comenzaron a fascinarme esos hoyitos tuyos que, al sonreír, se te hacían en la cara.

Volvíamos de aquella ciudad en la que tanto nos aplaudieron la representación de “Le Malentendu”. Ya sabes lo que pasaba, cómo nos divertíamos tanto, a veces con puras bobadas. Las horas se volvían locas y cuando nos dábamos cuenta la luz mínima de la mañana se ponía ya a reptar por la plaza.

La verdad es que era verdaderamente tarde, sobre todo para mí que debería estar dormido como Dios manda. ¿Dónde piensas dormir? -Me decían mientras se explicaban rifándose la mejor casa y la más apropiada para un seminarista con permiso de fin de semana.

 La madre de aquel amigo mío me acogió con todo el cariño y después de cenar como dos gandules en crecimiento me ofreció una cama. Era grande y bien equipada. Tenía dos cojines que recuerdo con alguna letra entrelazada.

No sé si por el cansancio o por dormir sin pijama, pero puedo asegurar que según me acosté me quedé roque y dormido como un santo, hasta que alguien con un resoplido me despertó, según el reloj de pared a las cuatro y cinco de la mañana.

No se entenderá lo del resoplido del hombre y su asesina mirada … pero imagínese que usted vuelve a su casa y encuentra a un jovencito, sin comerlo ni beberlo, durmiendo en su propia cama.

La madre de mi amigo por brindarme mejor estancia, seguro que durmió en la butaca y me había prestado su cama de matrimonio suponiendo que no vendría su marido a esa hora tan extraña. ¿Desde cuándo un conductor de trenes se pone a volver a casa sin avisar a su familia de que hoy quiere dormir, como está mandado, en su blanda cama?

Estoy contando esta historia que parece tan rara, pero pongamos las cosas claras, yo era un bendito, el maquinista evidentemente santo, y su virtuosa esposa, la madre solícita que me ofreció posada.

Desde entonces si me invitan a dormir en una u otra cama, pregunto, antes, si el mecánico de turno, va a venir contra la mañana y si tiene, por un casual… una escopeta de caza.

La adolescencia, ya le digo: es un paraíso de temeridad, inexperiencia y pizca de rebeldía sana.

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