Opinión

¡Serenooo! ¡Voy!

Opinión

¡Serenooo! ¡Voy!

Son muy escasas las fotografías nocturnas que conozco de Ourense, como esta de la plaza del Trigo (año 1960).
photo_camera Son muy escasas las fotografías nocturnas que conozco de Ourense, como esta de la plaza del Trigo (año 1960).

No puedo confirmar desde cuándo en nuestra ciudad se instauró el servicio de serenos, más que nada porque según mis datos nunca llegó a considerarse un trabajo reglamentado o, mejor dicho, el Concello que supuestamente debería de ser quien los designara, nunca quiso responsabilizarse. Eso sí, puntualmente marcaba las directrices y normas a cumplir por estos vigilantes, pero lo que es darles un duro...

A modo orientativo diré que en 1888 ya eran un grupo bastante nutrido (¿seis?) el de vigilantes que rondaban las calles “principales”. Había el del barrio del Villar, que recorría Colon y Villar principalmente; el de la Plaza, que cubría Tiendas, Arcedianos, Paz y la Plaza Mayor; el del centro, Progreso; el de Corredoria, Santo Domingo etc., el dato lo aporta el rotativo Álbum Literario, que recoge la noticia “sin confirmar”, de un altercado en una casa de “buenas costumbres y bellas señoritas”. Como primeros pasos, con seguridad nos podríamos retrasar al 1860. Dejaré en manos de profesionales de la historia indagar más sobre el comienzo de la profesión en nuestra ciudad, ya que se hace complicado, por conocerse con anterioridad como vigilantes y aún no como serenos.

Pero de momento me quedaré con alguna de las referencias que en una búsqueda rápida encuentro en la vieja prensa (Gaceta de Galicia), como por ejemplo la de que el sereno en 1883 fue quien consiguió evitar un incendio en el estanco que había en la calle San Miguel, y si bien no pudo salvar el tabaco, los vecinos no corrieron riesgo alguno; o como el muy desagradable incidente que en 1889 recoge El Eco de Galicia: "En la calle de la Paz, a las voces de ¡socorro que me matan! dadas por una mujer, acudieron varios vecinos. Su sorpresa fue grande y mayor su indignación al enterarse de que el sereno del barrio había roto su garrota en las costillas de la que pedía auxilio". Por mucho que "faltase" la apaleada, sobrados medios tenía el agente sin llegar a tanto. Y de justicia es recordar el nombre de uno de los más conocidos serenos de la ciudad: José Rodríguez Pato; en el año 34, él solo con el “auxilio” de su garrote consiguió reducir a tres delincuentes habituales y conducirlos al cuartelillo. 

Dada la precariedad del empleo, no queda más remedio que esperar que hubiera de todo en el colectivo, sin embargo a lo largo de la historia son más los buenos recuerdos que los problemas causados por estos vigilantes de la noche. Un chuzo de madera, silbato (pito), una capa y gorra de visera, eran lo que podríamos llamar equipación oficial. Aunque si lo analizamos en detalle, descubriremos que el chuzo se lo agenciaban ellos mismos de una buena rama, recogida en uno de los jardines de la ciudad y a la que poco a poco le iban dando forma. Quizás fuera uno de sus primeros entretenimientos para las largas noches de vigilia. La capa era de manera habitual reciclada de alguno de los “buenos clientes” que buscando la discreción del profesional no dudaban en regalársela cuando tocaba cambio. Y la gorra, ya era otro cantar; en ocasiones, algún chauffeur que la perdía, o algún músico que ya la veía muy ajada y se deshacía de ella. Aunque hubo una época hacia la mitad del siglo pasado en que los serenos recibían del gerente de Alfredo Romero capa y sombrero, cuando no era Don Ramón Puga quien cubría sus necesidades. En alguna ocasión extraordinaria era el Concello, pero más por empeño de algún alcalde y/o concejal que de la corporación. 

Otro tema de gran importancia, era el de la remuneración, que tristemente dependía de la buena voluntad de comercios y vecinos, y esta no siempre era mucha, aunque claro, lo que sí había era grandes diferencias en función de la zona cubierta: los del centro sí que se ganaban sus buenas perrillas entre los buenos comercios, y los varios “randas” que preferían la discreción del vigilante, sin olvidar a viajeros despistados que no encontraban su hotel, las propinas no eran malas. De lo que mejor no hablamos es de coberturas sociales, porque no se sabía lo que era. 

No quiero aburriros con demasiados datos, que los hay y simpáticos sobre este colectivo. En 1947 se contaban 17 serenos en el centro de la ciudad, que ya eran... Continuaré en otra ocasiónl

Admirábamos la constancia y la fidelidad de esos bravos astures y leales gallegos, que envueltos en su capote y con el característico chuzo en la diestra, vigilaban sin cesar por la tranquilidad del vecindario. (Luciano Cid Hermida, el Heraldo Gallego. 3 de junio de 1876.)