Opinión

¿Dónde estábamos?

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¿Dónde estábamos?

¿Cómo nos vemos hoy? ¿Cómo nos recordamos justo antes de que el estado de alarma nos pusiera un candado y nos retuviera en nuestras casas? Justo antes de ese instante en el que supimos que todo se iba a congelar, ¿qué estábamos haciendo?. ¿Estábamos amando?, ¿borrando a alguien de nuestra agenda cotidiana?, ¿a quién dijimos hasta mañana sin saber que ya no iba a ser?, ¿de qué tuvimos miedo?. Vislumbro a muchas vecinas en la penumbra de sus casas buscando en la pantalla del móvil algún testimonio que las sitúe justo allí, en el mismo momento en el que tal vez tomaron consciencia de que ahora sí iban a formar parte de la historia que se analizará en tiempos por venir, cuando otras nos explicarán qué pasó y cómo nos sentimos. Y tal vez las creamos. O tal vez volvamos a silenciarlas para coser otra historia, una mejor o sólo más conveniente a nuestros intereses. Habrá que esperar. 

Pero ahora, a punto de entrar en una nueva fase de las fases que ya no nos apetece contar, y que sólo esperamos nos ponga en la casilla de la oca para seguir hacia adelante sin caer en trampas, todo se vuelve confuso después de tantos días extraños. Ahora es buen momento para colocarnos frente al espejo y  descubrirnos. Veremos que apenas hemos cambiado, salvo por algún kilo añadido, alguna ojera asentada o un pelo diferente, poca cosa y de lo más salvable.

En ese espejo que ya nos ha permitido el viaje de vuelta a casa, pocas cosas más se reflejarán, porque ya lo hemos olvidado casi todo. La memoria es así de juguetona y provocadora. Mi vecina Lola ya no hace pan, apenas recuerda la receta que hace tres semanas la ataba a la casa que estaba lejos y que tanto echaba de menos. Pedro y Alicia siguen sin quererse, probablemente se quieran aún menos, pero retomar sus vidas, aún distanciados más allá de dos metros, ha hecho que vuelvan a la normalidad fingida de que pueden seguir juntos, al menos un año más, y que sólo es cuestión de no tropezarse en el pasillo de la casa. La adolescente Ana ya encontró otro amor eterno en el primer paseo. Este, está segura, es el que durará toda la vida. Y lo hará, porque a determinada edad, la vida puede durar sólo una semana, el tiempo justo en el que aparece el desamor. Estos dos meses han sido para la mayoría de mis vecinos un paréntesis largo, un fin de semana estirado, deformado, que ya tiene lunes. Para otros, sin duda, ha sido un combate que dejará secuelas eternas. Pero unos y otros vuelven a una normalidad de rutinas, cada uno a la suya propia, como sucede siempre, con o sin pandemia.