Vidas paralelas

Opinión en La Región
Opinión en La Región | La Región

Con escasos días de diferencia se celebran el quincuagésimo aniversario de la ascensión del rey Juan Carlos I a la jefatura del Estado y el comienzo del juicio al expresidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol, y ambos, en la actualidad, se encuentran ante el mismo panorama, cómo recogerá la historia su herencia, si lograrán su rehabilitación pública después de los problemas relacionados con la corrupción que han afrontado en los últimos años o si prevalecerá su aportación a la convivencia entre los españoles. Es decir, si la historia les absolverá, aunque no lo hagan los tribunales, o si en la opinión pública actual prevalecerá la imagen que han proyectado los últimos años con actuaciones improcedentes o presuntamente delictivas.

Quien fue el arquitecto de la Transición, quien maniobró para asentar la pervivencia de la corona y transitar de la ley a la ley para superar el franquismo, quien se puso de parte de la incipiente democracia que había contribuido a forjar frente al golpe de Estado del 23-F y quien durante una treintena de años fue figura intocable más allá de la inviolabilidad que le reconoce la Constitución, se encuentra en el ostracismo, semiexiliado en Abu Dabi, y cometiendo nuevos errores como la publicación de sus memorias que en nada favorecen la reparación de su figura, con manifestaciones extemporáneas. La contribución política de Juan Carlos I para asentar una imagen moderna y democrática de España, ejemplo para otros países, se ha deteriorado, como su imagen y su legado, con decisiones impropias por su cargo.

“Tranquilo, Jordi, tranquilo”. Cuando el golpe de Estado del 23F aún no se había conjurado, el rey emérito llamó por teléfono a las ocho y media de la tarde al presidente de la Generalitat de Cataluña, Jordi Pujol, para transmitirle un mensaje de sosiego. El patriarca de la familia Pujol ha tenido una intervención clave para mantener embridado el independentismo catalán y con una actuación decisiva en la aprobación de la Carta Magna –a la que denominó la Constitución de las autonomías- y con su implicación en determinados periodos en la gobernabilidad de España tanto con socialistas como con populares. El periplo de Jordi Pujol ha ido del nacionalismo al soberanismo para convertirse en figura del independentismo de forma paralela a su implicación en presuntos delitos de corrupción política, que surgieron al reconocer los fondos que poseía en Andorra, que atribuyó a una herencia paterna, cuando CiU era ya el partido del 3% y cuando sus hijos participaban ya en las actividades que se juzgan en la Audiencia Nacional y que acababan con la pretensiones de sucesión al frente de CiU de su hijo menor, Oriol Pujol, señalado como el hereu de su papel político.

Después de doce años el “clan Pujol” se sienta en el banquillo, incluido el propio Jordi Pujol, aquejado de una enfermedad neurodegenerativa, mientras que en los últimos meses ha comenzado la rehabilitación de su personalidad política impulsada por el actual presidente de la Generalitat, Salvador Illa.

Tanto el rey emérito como el expresidente de la Generalitat de Cataluña tendrán una entrada significativa en los anales de la Historia de España, pero con una nota a pie de página sobre cómo dilapidaron su prestigio y los problemas que causaron por los casos de corrupción por los que tuvieron problemas con la justicia.

Contenido patrocinado

stats